31.12.07

RECUERDOS DE UNA MAÑANA DE NAVIDAD

No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.
Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. "Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".
Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.
Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.
Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.
En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.
Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño".
"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.
Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.
Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!
¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.
Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regales del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.
Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.
- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.
- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.
Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.
Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:
- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.
De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.
- Ten – me dijeron -, toma esto.
En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.
Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.
Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.
- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
- Sí – respondí.
- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.
No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.
Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.


25.11.07

Capitulo VI.Miedo en la escuela


Han pasado muchos meses ya desde aquel encuentro en la capilla abandonada. Los años han ido trayendo otras primaveras y otros inviernos en los cuales Paquita, nuestra burrita aventurera, ha pasado a formar parte de una familia muy trabajadora del pueblo de San Tomé. Querida por niños y adultos, Paca cada día se pone mucho mas hermosa y no cabe duda de que sus genes hablan por si mismos. Nadie conoce la historia de paca, ni de donde viene, pero si saben que sus padres debieron haber sido unos especímenes de raza pura y cada vez que alguien en el pueblo lo menciona, las orejas de la burrita se paran con orgullo.
Cada mañana, después que los niños desayunan y hacen sus deberes del hogar, sobre su amplio lomo, paquita se regocija en llevar a los niños hasta la escuela y mientras ellos asisten a sus clases ella se queda por los pastos esperando que salgan a recreo. En esas horas, Paquita se divierte como otra niña mas saltando y brincando, paseando a los pequeños y correteando a los grandes. Los niños en regalo le tejen collares con las flores y se las cuelgan al cuello.
Esta escena conmovía mucho a la maestra que aprovechando un rato de descanso miraba por la ventana en aquel atardecer maravilloso, mientras sus alumnos se divertían brincando de un lado al otro bajo la tutela de Paquita que los cuidaba a la vez que jugaba con ellos
La melancolía llegaba a ella cada vez que su mente lograba un poco de tranquilidad, tratando de sentir una presencia en la distancia que llegara junto con ese horizonte que cada vez se hacía mas anaranjado
Los recuerdos vuelan por su mente como escenas repetidas de una historia que ella pretende no querer recordar. Y es que hace ya un par de años, casi al mismo tiempo que llego paquita al pueblo, su Manuel, su novio desde que estaba en la escuela, se despidió de ella prometiendo regresar cuando hubiera podido encontrar la manera de ser digno de ella y ofrecerle todo lo que él anhelaba darle cuando se casaran.
De nada valieron los ruegos de la maestra para convencerlo de que ella solo necesitaba su amor, porque él, un domingo bien temprano por la mañana en el primer autobús del pueblo, partió hacia otra ciudad lejana sin que ella hubiese tenido noticias suyas en todo este tiempo, llegando a suponer que quizás por esos lugares, Manuel ya se hubiera encontrado alguien mas para compartir su vida.
Sin embargo, hoy Adela miraba por la ventana, con esa misma mirada esperanzadora que la hacía creer que algún día detrás de esas montañas vería regresar al hombre que una vez le juro vivir a su lado para siempre…
-Maestra…maestra…grito uno de los niños. Patricio se ha caído en un pozo y no puede salir.!!
Los gritos de Juanito sacaron abruptamente a la maestra se sus pensamientos y levantándose apresuradamente corrió al encuentro del niño. Ciertamente, en medio del patio donde los niños solían jugar, se había formado una especie de cueva vertical en donde a duras penas se lograba divisar al pequeño. Adrianna, al ver que su hermano estaba en el fondo de ese agujero, lloraba sin cesar mientras los demás niños le lanzaban cuerdas para ver si el niño lograba asirse pero todo era inútil, el agujero era profundo y las cuerdas muy cortas.
- Dios mío…necesitamos ayuda antes de que anochezca..No puedo dejar a los niños solos..y no puedo quedarme sin hacer nada..que hago?
Juanito le dijo a la maestra que el podría ir encima de Paquita hasta el pueblo y buscar ayuda y ella entendiendo que era lo mejor que se podía hacer, dejo marchar al niño de inmediato sin dejar de advertirle:
- Agárrate bien del cinto…no te acerques mucho al despeñadero…por favor Juanito, ve con cuidado -
- Si maestra..no tenga cuidado..volveré…
Como le sonaba mal esa palabra a Adela..”Volveré”…y movió su cabeza repetidamente para olvidarse del significado que tenían para ella..
- Patricio..puedes oírme? Estas bien? No te has hecho daño?
El niño respondía cada una de sus preguntas tranquilizándola al escuchar que se encontraba bien y que no se había hecho daño pues Adela no se podía dar el lujo de llorar en estos momentos frente a los demás niños. Mientras hablaba con la maestra, Patricio le contaba que algo raro había en ese lugar. Era como si muchas cosas de diferentes tipos se encontraban apiñadas una sobre otras pero escasamente podía reconocer que era ya que la visibilidad era casi nula. Lo único que podía hacer era tantear con sus pequeñas manos con cuidado sin mover mucho las cosas de lugar.
- Patricio, mantente en un solo lugar..el piso no esta muy firme y si se desploma será mucho mas difícil sacarte de ahí.
Pasaron casi dos horas antes de que llegara ayuda del pueblo y el sol estaba ya rozando el horizonte. El color rojizo propio de estas horas teñía el cielo de tonalidades otoñales que servían de fondo a este drama que ocurría en las inmediaciones de la escuela. La labor del rescate no fue nada fácil. El piso en la cima del agujero se encontraba débil y con cada intento de jalar la cuerda se desmoronaba. El miedo de que viniera un derrumbe y sepultara al niño se sentía latente.
Paquita, inquieta, revoloteaba alrededor de los hombres que lanzaban una y otra vez las cuerdas. Ella quería ver a su niño Patricio de nuevo y no sabía de que manera ayudar. Daba vueltas y mas vueltas pensando en lo que ella podía hacer pero los hombres la alejaban del lugar con gritos que la ponían triste.
Cada vez el lugar se ponía mas oscuro. A estas horas ya varias personas mas, incluyendo a los padres de Patricio, se encontraban en el lugar tratando de ayudar. Los hombres estaban haciendo una escalera con las ramas y las cuerdas que habían traído. Pero tenia que ser una escalera muy larga que llegara hasta donde el niño se encontraba y se calculaban unos 10 metros. Nadie se explicaba como Patricio no se había hecho daño y algunos aducían que la caída debía haber sido diagonal y lentamente porque de haber sido vertical el niño tendría algún hueso roto.
Paquita, sin saber como, ni porque, tuvo un presentimiento o un instinto. Ella había crecido en el desierto, no era una mulita culta pero si astuta como su padre y ella conocía bien algunos secretos de la zona. Muchas veces su padre, para protegerla de los animales salvajes la llevo hacia algunas cuevas que estaban enclavadas en las montañas y las cuales tenían muchísimos pasadizos. En algunos de ellos se podían observar algunos agujeros en la cima por los cuales atravesaba la luz del sol…
Los hombres terminaron de hacer la escalera y estaban listos para descenderla por el boquete en el piso. Llamaron y llamaron a Patricio para advertirle que tuviera cuidado al subir por ella pero no recibieron respuesta.
- Patricio! Despierta, ya es hora de volver a casa- Decía su madre entre lagrimas, pero el silencio era total
Uno de los hombres trato de asomarse al agujero y alumbrarlo con una antorcha de cebo para ver donde se encontraba el niño y de repente, el miedo que todos tenían se hizo real…El piso cercano al borde se desplomo cayendo un alud de tierra sepultando gran parte del foso .
Todo el mundo gritaba, lloraba… Dios mio!! Patricio quedo enterrado varios metros abajo!!
Y en medio de todo ese alboroto y lamentos de repente surgió una figura de entre la oscuridad. Paquita, con su patita coja haciendo clipi titab clipi titab..llena de polvo de las patas a las orejas, llevaba sobre su lomo a un niño Patricio casi adormecido.
- Mama..papa, estoy aquí, no lloren
Todos corrieron a ayudar a Paquita y bajaron al niño para acurrucarlo en sus brazos. Los hombres le daban palmadas a la burrita ..¡Bien hecho, Paquita…bien hecho! , y entre risas y el jolgorio de haber podido rescatar al niño, los habitantes del pueblo de San Tomé fueron dirigiéndose cada uno hasta sus hogares dichosos de haber podido terminar este asunto trágico en un final feliz.
Pero aun faltaba por venir alegría a este pueblo, ya que lo que ellos no sabían y no tardarían en descubrir, es que dentro de la cueva a donde Paquita había entrado a rescatar a Patricio se hallaban ocultas muchas de las pertenencias del encomendado Don Gonzalo Quevedo que mucho antes de abandonar estas tierras había mandado a esconder para venir posteriormente a buscarlas pero que al regresar no pudo hallar.
Paquita, se sentía feliz. Ella había podido hacer algo por estas personas que desde el principio le habían dado cariño sin menospreciarla por su defecto al caminar y hoy había respondido de igual manera al demostrarles cuanto los quería. En eso iba ella bajando al pueblo mientras observaba la noche salpicada de luminosas estrellas cuando de pronto una visión hizo humedecer sus ojos empolvados. Arriba en el cielo, de entre todas las estrellas, había una que titilaba mucho mas fuerte y que ella pudo reconocer como la misma de aquella noche solitaria en el desierto. De nuevo su brillo le trasmitió calma a sus angustiados recuerdos y mientras descendía quiso pedirle a su amiga luminosa un deseo. En secreto, burrita y estrella entablaron una conversación privada pero por la cara de felicidad de la burrita y el brillo de esta estrella que aparecía cada vez que iba finalizando el otoño, podía adivinarse que algo bueno estaba por suceder.

14.11.07

Capítulo 5.- Conociendo a Patricio y Adrianna

La suave brisa rondaba esa cálida mañana de otoño. Un sol destellante apuntalaba el cielo y Paquita pudo sentir el calor en su maltrecho cuerpo. Estirando las patas y lanzando un bostezo termino de alejar los últimos rastros de sueño. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había sido un sueño y que en realidad se encontraba protegida en su nuevo refugio y en compañía de su nuevo amigo.

Alzo los ojos y lanzando unos rebuznos le dio los buenos días sin poder disimular su enojo. ¿Quién habría puesto a su amigo en esa posición? Poniendo sus patas en la pared trataba de llegar hasta él para ver si mordiendo los clavos podría liberarlo de sus ataduras pero todo era en vano; la figura se encontraba muy alta para ella. Se prometió a si misma que en lo que pudiera buscaría ayuda para bajarlo de ese incómodo lugar.

Aunque nunca recibió una palabra de la boca de la imagen, ni tan siquiera una mueca ni un gesto que le hiciera ver que estaba vivo, Paquita podía sentir en aquellos ojos un brillo del cual brotaba una extraña ternura que le hablaba muy adentro. Él no necesitaba mover los labios para llegar al corazón de Paquita porque ahí donde no hacían falta palabras, en ese lugar muy oculto de su pecho donde ella mantenía el cariño hacia sus padres, un dulce calor la invadía y le hacía sentir que las cosas iban a mejorar para ella y Paquita le creía.

Pero las cosas no se detenían en ese lugar y mucho menos el tiempo. Ya habían pasado muchas horas desde que Paca se alimentó por última vez y el hambre empezaba a crear sonidos en su pancita, así que tomó la decisión de salir a buscar alimentos aprovechando el buen clima.

Las mismas escalinatas que la noche anterior se encontraban resbalosas por la lluvia hoy ya se encontraban secas y Paquita lentamente y con cautela empezó a bajarlas, cuidando de que ninguna piedrita se clavara dentro de sus cascos. Al fin y al cabo eran los únicos zapatos con que contaba y debía protegerlos para poder llegar al destino que tenía reservado. Recorriendo los matorrales que cubrían la capilla olfateó para ver si podía encontrar algo de alimento pero solo eran ramas secas sin casi nada verde. Era evidente que el otoño no ayudaría mucho a la burrita con su alimentación.

Siguió un momento merodeando el lugar sin obtener ningún resultado, sin olvidarse de vez en cuando de mirar hacia atrás para cerciorarse de que no se alejaba mucho del refugio. Paquita no quería volver a perderse en el desierto ni mucho menos abandonar a su amigo que tanto la necesitaba y de repente en una de esas volteadas de cabeza se dio cuenta de que algo se movía detrás de unos arbustos y sus orejas instantáneamente de pusieron en alerta.¡No estaba sola! El miedo empezó a subir por sus patas dejándolas casi inmóvil y aunque trataba de moverlas para buscar un escondite o salir corriendo hacia la capilla, su cuerpo no respondía.

El arbusto seguía moviéndose; evidencia de que algo o alguien se encontraba escondido detrás de sus ramas; Paquita pensaba en lo peor: una fiera salvaje como la que mató a su madre saltaría y ella acabaría siendo la comida de alguien en vez de conseguir comida para alimentarse. Que tristeza terminar así todo esa aventura; tanto caminar en el desierto para llegar a esto. Paquita seguía en sus cavilaciones sin atreverse a mover, quizás el hambre había hecho que ya sus patas decidieran no seguir moviéndose y pensaba: ¡No..de aquí ya nadie me mueve! Y mientras movía varias veces su cabeza en forma horizontal para negar el hecho vio surgir de pronto dos figuras detrás del matorral que hicieron que de un brinco emprendiera la huida hacia la pequeña iglesia; nadie que la viera corriendo de esa manera podría afirmar que esa burrita tuviera un defecto en su pata trasera.

¡Estoy perdida!, le gritaba varias veces a su amigo en la pared. “Vienen detrás de mí dos animales salvajes que han salido de unos matorrales. Tienen unos dientes enormes, blancos y salvajes; una forma de rugir que nunca he escuchado y brincan como los mas astutos conejos del desierto” Paquita buscaba mientras rebuznaba un lugar donde esconderse antes de que llegaran las fieras, pero su tamaño no le permitía encontrar un buen lugar. No entraba debajo de las pocas bancas que aún quedaban; ni debajo de la sacristía; en el confesionario ni hablar; probaba entrar a la fuerza detrás de las maderas apiñadas pero lo único que logró fue que cayeran estrepitosamente en el suelo levantando una enorme nube de polvo.

Resignada a no poder encontrar donde esconderse se sentó debajo de la imagen del Cristo y esperó acompañada que llegara su hora. No paso mucho tiempo para que en la puerta de la iglesia aparecieran a contraluz dos figuras que proyectaban una sombra larga sobre los adoquines angelicales. Sus pasos eran cortos y sus pisadas lentas, pero no se detenían en su camino hasta la sacristía; con la mirada fija en el animalito que se encontraba sentado y temblando debajo del Cristo en la Cruz llegaron al encuentro de Paquita dos pequeños niños de la región.

Con precaución uno de ellos alargó su mano para acariciar el lomo de la criatura que no dejaba de temblar agazapada con la cabeza entre sus patas. Con suavidad sus dedos recorrían el pelo seco y curtido por el sol de la pequeña burrita que producto de las palabras de ternura que recibía, poco a poco, fue dejando de temblar. Al ver que no había nada que temer, la otra criatura se animó a hacer lo mismo y al cabo de unos minutos los tres, niños y burrita se encontraban brincando en el lugar.

Los niños desde que la vieron sintieron un cariño especial hacia esta burrita que cojeaba al caminar y que mostraba en sus ojos enormes una necesidad de afecto por lo que resolvieron llevarla a su casa, seguros de que sus padres no se opondrían a tener este animalito que podría ayudarlos con el trabajo y a la vez poderles servir de compañía. Haciendo un gesto con la mano, Patricio le hizo señas a la burrita para que lo siguiera y antes de que empezara la retirada, Paquita volteó la cabeza para dirigir su mirada a lo alto de la pared y se sorprendió al ver que ésta se encontraba vacía. En su lugar, había una enorme mancha en forma de cruz que hacía suponer la existencia anterior de algo colgado en ese lugar. Perturbada y preocupada sentía aflicción en su corazón, ella hubiese querido despedirse de su amigo y buscaba por los rincones de la iglesia alguna señal de él, pero sin resultado alguno por lo que al final decidió pensar que había logrado zafarse de sus ataduras.

Es así como Paquita había encontrado en mitad de las montañas, en un lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental del norte de Jalisco y olvidado por el hombre, a sus nuevos dueños. Patricio y Adriana, dos niños nativos de la zona.

Capítulo 4.- La noche del encuentro


La pequeña Paquita, después de haber estado caminando durante bastantes días del caluroso verano, alimentándose con las hojas de los diminutos arbustos que crecen en algunas zonas del desierto o recibiendo pequeñas porciones de algún nutriente por parte de los habitantes de la zona en la que viajaba, y además, emulando la manera en que había visto que Don Pancho sustraía agua de los cactus para poder calmar su sed, seguía con lentitud y a paso desgarbado el curso de la esfera luminosa, que justo cuando ella despertaba aparecía por uno de sus costados produciendo en su pelaje un tenue calorcito que la reanimaba y le daba vitalidad, y que se ocultaba por el otro lado justo cuando el cansancio ya la dominaba y la obligaba a detener su marcha para descansar resguardándose en medio de algún grupo de matorrales.
Esta noche, al ir transcurriendo unos minutos de su reposo, mientras estira sus entumecidas ancas, se detiene a reflexionar con respecto a dónde estaría su papá, lo que estaría haciendo, o si pronto lo volvería a ver, al pensar en todo esto ella intenta contener la aflicción que siente en su alma debido a la separación que sufrieron a manos de los Chichimecas. La noche es fría y presagia tormenta. Lamentando su suerte, Paquita no ha dejado de llorar; sabe que está perdida y abandonada en un lugar que no conoce. De repente, estando recostada y a punto de dormirse, mirando hacia el cielo advierte que una estrella alumbra más que las otras y que su luz le produce una especie de calma y sosiego que no había sentido en noches anteriores. Como si una voz interior le animara a seguir, decide confiar en ella y emprender el camino en la dirección que le señala dicha estrella, y poniéndose en pie de nuevo, reinicia su recorrido. No se puede saber hasta que punto el destino juega parte importante en la vida de los seres vivientes, hay quienes confían más en ello y hay quienes no tanto, y hay quienes ni siquiera creen que exista y piensan que cada quien forja su futuro con cada decisión que se va tomando a diario; pero el hecho es que Paca, sin tener previa idea de todo esto, en alguna parte del camino esta noche se encuentra en un encrucijada que la conduce a tomar a la derecha o seguir en línea recta sin saber que decisión debe seleccionar. El camino se le presenta más cómodo si cruza hacia la derecha, ya que no se divisan tantas piedras y se ve que ha sido recorrido por muchos más animales antes que ella, pero otra vez decide mirar al cielo y la estrella le indica seguir en línea recta.

Esta vez ha podido sentir mucho más fuerte la voz que le dice que ese es su camino, que la anhelada felicidad se encuentra más adelante, pero en realidad ya sus desgastadas fuerzas la hacen dudar de todo. Lo único que está deseando es cobijo, el aire de la noche cada vez se ha puesto más gélido y su pelaje es insuficiente para cubrir su sensible piel. Lo poco que pudo conseguir para comer no le ha proporcionado la suficiente energía, pero su obstinación es grande, y recuerda mucho las palabras de aliento que Don Pancho le dijo que su madre mencionó en su lecho de muerte.
A pesar de su corta edad, ya lleva largo camino andado y quizás, por ser hija de uno de los burros mas taimados que se han criado en hacienda alguna, logra detectar en el viento la tormenta que se avecina y su instinto le ordena que es el momento de buscar refugio. Caminando por entre las laderas, todavía observando la ruta que la estrella le indica, se abre paso entre algunos matorrales y es cuando sucede su encuentro con el destino... Justo en un recodo de la montaña, oculta entre ramas y cactus se ubica una iglesia abandonada. Esta iglesia había pertenecido al encomendado Don Gonzalo Quevedo, caballero de la orden de San Lázaro, dueño de tres mil indios, con acceso a la corte del Virrey y a los mejores salones de México, que durante mas de treinta años había explotado las minas de plata y que había sido abandonada cuando el español después de haber sustraído toda la plata que pudo de las minas se fue dejando en el abandono todo lo demás.
Maltrecha por los golpes de las piedras y el roce con los cardos, la burrita, sin saber realmente dónde ha ido a parar, se trepa por los escalones desiguales del recinto; sus cascos sin herraduras van retumbando sobre las losas y arrancan ecos que se pierden en las profundidades de las naves vacías. Pocos conocen la historia que encierran esas casi desnudas paredes, nadie recuerda los retablos que las cubrían y que se dice eran obra del famoso Juan Correa, el mismo que a finales del siglo XVII realizó las pinturas de la sacristía de la Catedral de México; piadosas figuras que alguna vez inspiraron la devoción de los fieles y exaltaban el trágico camino del Calvario; se dice que aquí habían figuras de santos de escultores famosos y que hasta una imagen del Señor de Santa Rosa, traída de Barcelona, España, se podía ver en su interior. Paca contempla desconcertada algunas figuras que aún pueden verse en dichas paredes, vestigios de murales pintados por artistas renombrados de la época y que a pesar de encontrarse semiocultas por las manchas de lluvia y barro arrojadas por el viento que se cuela por las aberturas de los vitrales aún denotan una gran belleza, como la que se encontraba en la parte superior del altar, una impresionante pintura de Dios Padre en el cielo.
Sin puertas que opongan resistencia, las ráfagas frías del viento traspasan hacía el interior. Buscando refugio, Paquita se va arrimando, poco a poco, a las ruinas del altar mayor tratando de mantener el equilibrio cada vez que sus cascos se resbalan. El fogonazo de un relámpago ilumina por un instante el piso que se mantiene adornado por un mosaico de piedras y cristales abigarrados para crear figuras de rara belleza y que nadie recuerda quien fue el autor de tan magnifica obra pero que algunos lugareños afirman que se trató de un orfebre y escultor, maestro del mosaico muy reconocido en las cortes de Europa que abandonó fama y fortuna para terminar sus días como monje en un convento de Guadalajara.
Ya con el hambre apretándole, olisquea las maderas podridas amontonadas junto a uno de los muros, aunque no despreciaba ni los cardos del desierto, no fue mucho lo que había encontrado para alimentarse en el transcurso de su andar desde que fue abandonada, a duras penas se sigue manteniendo en pie y da gracias al cielo por haberse topado en su camino con aquellos benevolentes animales que le habían ayudado. Alguna vez, esas maderas con las que ella se ha topado y ahora convertidas en despojo pertenecieron al púlpito dorado que algunos fieles presuntuosos atribuían a Brunneschello. Han transcurrido muchos años desde el cierre de la mina y pocos recuerdan ya aquella magnífica obra de arte, transportada a lomo de mula a este perdido rincón del imperio gracias a la generosidad y la riqueza del difunto don Gonzalo.
Un púlpito cubierto anteriormente de ónix y ahora de muchas historias por contar; desde sus alturas célebres oradores hicieron oír sus voces sonoras a los devotos fieles que acudían cada domingo. Paca ha revuelto con el hocico los maderos apolillados en busca de algo para comer. ¡Nada! Con una resignación no muy propia de una burra joven, se vuelve hacia el centro de la nave principal, ajena a los querubines y profetas que pisotea. Glorias pasadas, lujos pasados, miserias pasadas...
Permaneciendo un momento inmóvil; absorta, parece contemplar el rayo de luz que encontró paso a través de una grieta en el techo para posarse sobre las alas doradas de un ángel que sonriente yacía tontamente sobre el piso. Con la escasa luz, también se han despertado los brillos ya casi opacos de los vitrales rotos sobre la cúpula. La sala se iluminó de repente con la majestuosidad de varios colores y de pronto una rara belleza parece cobrar vida en ese olvidado lugar, ella, atónita, mirando lo que sucede, se maravilla con todo ello, jamás había estado en un lugar semejante, bueno, de hecho para ella casi todo lo que ve a cada paso que da es novedad, sea allí o en el desierto, aunque con éste último ya se sentía familiarizada, pero esto es diferente, se siente acompañada por algo o alguien y no logra darse cuenta de quien o que era lo que había en el edificio.
Inquieta ante lo que estaba sucediendo, Paca sacudió la cola, caminando un par de pasos hacia el altar, resbalando, retrocedió bufando. A través del rayo de luz de una luna que aún no había sido cubierta por las nubes de la tormenta que venía, Paca pudo observar que sobre la pared del recinto se encontraba una figura con los brazos extendidos y sus manos y pies sangraban por algo que los sujetaba. En su cabeza, una corona de espinas producía el mismo efecto y la sangre resbalaba hasta sus ojos. Paca sintió mucha tristeza por el ser que ahí se encontraba; ella que había pasado varias penurias en el desierto, se encuentra de pronto consolando una figura que no le respondía. Identificándose con ella, le dijo que no se encontraba sola, que las dos se harían compañía.
Poco a poco el frío que Paquita sentía se fue haciendo menos fuerte; ella le contaba al nuevo conocido las cosas que había pasado desde que nació; de sus aventuras con su padre; de cómo la habían robado y luego abandonado en el desierto hasta llegar al lugar donde ahora ambas, ella y la figura que parecía tomar vida se reunían. Sus ojos no se apartaban de la mirada que le brindaba esta figura en la pared. La continua charla y el cansancio sobre todo, hicieron que lentamente, Paquita fuera cerrando los ojos y acurrucada debajo de la figura del Cristo se ha quedado dormida.

Capítulo 3.- Paca queda huerfana

El sol inclemente de finales de Julio se encontraba en su punto máximo y a toda su intensidad y el fatigado Don Pancho se daba cuenta que la sombra bajo sus pies había desaparecido por completo. Era hora de dar un merecido descanso a sus ya maltratados cascos que habían cruzado los cañones y caminos del desierto que cubre el norte Jalisciense. Largo y sinuoso ha sido el trayecto desde que dejaron la cueva que los había mantenido refugiados durante una larga temporada, y la presencia tan cercana de la manada de lobos hizo que Don Pancho emprendiera el camino a través de la Sierra Madre Occidental.
Paca, la pequeña burrita, ya caminaba mejor a pesar del defecto físico producto del esfuerzo que tuvo que realizar a la hora de su nacimiento. La naturaleza y la difícil circunstancia que rodeó su alumbramiento habían dictaminado que una de sus patitas traseras cojeara haciendo su trote un poco más lento que la de los demás animales de su especie. Don Pancho, como buen papá que era, esperó el tiempo prudencial para que ella le pudiese dar poco a poco fuerzas a sus ancas, tiempo que él utilizó para estudiar el terreno y saber hacia que lugar se dirigirían. A pesar del tiempo transcurrido en estos parajes y de los recorridos que a través de ellos ya había efectuado, el hecho de no ser oriundo de estos rumbos le impidieron tener idea clara de cuál era el mejor camino a seguir, por eso decidió averiguar entre los expertos de la zona.
A los Borregos Cimarrón les gusta mucho explorar las altas cumbres y son especialistas en escalar difíciles peñas y riscos, por eso conocen muy bien la topografía y lugares de la sierra. Para los habitantes del desierto, el Borrego es considerado como el más ilustre de sus conciudadanos debido a la cultura y su manera fina de hablar. Uno de estos ejemplares, elegante personaje quien había tenido roce con varias culturas de la zona y hablaba varios idiomas, sobre todo el de la cultura Náhuatl, fue al que Don Pancho se acercó una noche después de haber terminado sus rutas exploratorias, e hizo contacto con él para averiguar los pormenores del territorio en el que se encontraba y para solicitarle su consejo respecto a la dirección más conveniente a seguir. Ese Cimarrón, fue quien le narró a Don Pancho la existencia de los Huicholes que tiempo después serían trascendentales en su vida:
“Existe un poco más al oeste, enclavados en el espinazo de la Sierra, una variedad de animal que le gusta vivir en grupos grandes. Tienen unas costumbres extrañas pero por lo que he podido observar aman a la naturaleza. Tienen una forma de bailar y vestirse que provoca risa, sobre todo los machos que usan muchos adornos en sus vestiduras. Las hembras son más sencillas y se encargan de ponerle todos los accesorios a su pareja. Muchas veces me he acercado hasta sus manadas y me han tratado con mucho respeto. Al estar en contacto con su hábitat pude observar que sobre sus vestiduras dibujan animales como serpientes, venados, águilas, etc. y que para rendirle tributo a su Dios que está en el cielo, pintan su rostro y engalanan sus cuerpos con adornos de un brillo muy especial.”
Don Pancho se dio cuenta de inmediato que el señor Borrego le estaba describiendo a los seres humanos y comprendió que aquel caballero a pesar de su alta educación, al haber tenido una vida no tan apegada a los humanos como él la había tenido, no sabía diferenciar a los hombres de los animales. No quiso aparentar ser más inteligente que el amable cimarrón ni hacerlo quedar como ignorante, así que se limitó a darle las gracias por lo que le había contado y se dirigió a su cueva a descansar. Ahora Don Pancho tenía renovadas esperanzas, el día siguiente se presentaba lleno de promesas, pero primero debía realizar una tarea que le causaba mucha tristeza.
A la mañana siguiente, muy temprano, con un ramo de flores en el hocico, se dirigió a un lugar en donde se podía observar que la tierra había sido removida no hacía mucho tiempo. Sobre el punto se encontraban muchas flores, algunas nuevas, otras marchitas, y habían también piedras de colores que iban depositando los animales que reconocían lo que tal lugar contenía, y lo hacían cada vez que pasaban en las cercanías de ese sitio. Don Pancho se sentó sobre sus patas traseras y mirando en dirección del montículo dijo: “No quisiera abandonarte, amada mía, sabes que mi vida has sido tú y que hubiera querido morir a tu lado, pero nuestra Paca es pequeña todavía, necesita una oportunidad y aquí está en peligro. Debo partir, creo que por fin he encontrado el lugar donde nuestra hija puede crecer feliz. Yo ya no soy joven, me siento un poco cansado, algún día no muy lejano he de partir a tu lado y debo cumplir esta última tarea. Sé que los animales de la región te mantendrán contenta con sus regalos y que tú desde donde estés nos vas a estar mirando y protegiendo. Te prometo conducir sana y salva a nuestra hija hasta ese lugar del cual me ha platicado un culto morador de esta tierra en la que juntos, tu y yo, pudimos hallar nuestra soñada libertad.”
Con lágrimas en los ojos, acomodando solemnemente el lindo ramillete sobre la tierra que cubría el especial paraje, y con la promesa de que algún día estarían de nuevo juntos, Don Pancho abandonó a paso lento la tumba de su Shaka y partió en busca de Paquita para emprender el camino a través del desierto hacia aquel lugar prometido que le había narrado el Borrego sabio.
Todas estas vivencias venían en forma de recuerdos a la mente de Pancho mientras descansaba y veía a su hija recorrer el lugar como si sus energías no se agotaran. Como todos los niños de escasa edad, Paquita le preguntaba a su papá cuanto faltaba para llegar a aquel lugar al que se dirigían, y este con paciencia respondía lo habitual: “falta poco”, aunque en realidad él no sabía si había tomado el camino correcto o si su dirección había cambiado de sentido en algún punto. Él no era como el Borrego, no sabía de orientación, ni conocía la zona, solo su instinto le había guiado y a estas alturas ya ni en ello confiaba plenamente. El sol era severo y Don Pancho tenía miedo de haber llegado a algún lugar en donde corrieran el riesgo de morir de sed y hambre.
Ya su vista, en la cual también había tenido plena confianza en otras ocasiones, le estaba jugando bromas pesadas, varias veces durante esta parte de la travesía había visto surgir agua en el camino y al llegar a ella solo encontraba la seca y caliente arena del desierto, estos incidentes los intentaba disimular en la presencia de Paquita, pero en sus adentros ya sentía un poco de desesperación y se decía... “Sé fuerte, no le demuestres a la bebé lo que realmente sientes, avanza, avanza, ya no debe estar lejos el lugar que te platicaron, presiento que ya falta poco, no te desanimes ahora, hazlo por ella y por Shaka...”
Pero lo mismo le estaba sucediendo ahora, cree estar alucinando, ya que ha visto acercarse una figura que parece haber surgido detrás de una colina. Paca, emocionada, jalándole las orejas le ha dicho que se levante, pero el pobre Burro no puede atender sus llamados, está cansado, sus patas extenuadas yacen sobre la arena caliente, solo sus ojos con un aire de tristeza se mantienen clavados en su espejismo. Es una cara risueña, de tez quemada y ojos saltones que lo miran como haciéndole un análisis médico. El hombre raro tocando su frente, lo examina, y clavando algo en sus patas provoca que Don Pancho pegue un brinco y se ponga en pie dándose cuenta que su espejismo es real y que Paca, ya repuesta del cansancio, hace rato que bebe algo de la mano de otro de los hombres, el de más baja estatura, mientras da brinquitos a su alrededor con su característico salto, en actitud juguetona y de agradecimiento al ritmo de unas campanitas que él hace sonar. Ambas personas hablan en un lenguaje que Don Pancho no puede entender, esos hombres son muy diferentes en su aspecto y comportamiento a los que él había conocido anteriormente. Por la manera de vestirse él se ha podido dar cuenta que se parecen a los que había descrito el Borrego, y mirando al cielo, como buscando los ojos de su Shaka, esbozando una leve sonrisa exterior pero profundamente feliz en su interior, agradece el haber podido encontrar a estos integrantes de la tribu que estaba buscando.
Los indios Huicholes con los que Paquita y Don Pancho se encontraron esta tarde son comerciantes y se encargaban de llevar los utensilios que fabricaba su tribu hacia las otras tribus vecinas para así lograr el intercambio de cosas que necesitaban, como comida, pieles y otros artículos más de básica necesidad. Tanto el alto como el más bajo de los dos hombres vestían con un calzón largo de manta tejido en punto de cruz y una camisa larga abierta en la cintura amarrada con una faja o juayame. Llevaban una especie de pañoleta anudada al cuello que caía sobre su espalda y como toque particular un sombrero hecho de palma adornado con chaquiras y plumas que les protegía la cara del sol. Uno de ellos colocó por un momento uno de sus sombreros sobre la cabeza de Paquita y ella muy coqueta desfilaba ante sus ojos.
Sus carretas estaban llenas de artesanías como vasijas de barro cocido decoradas con detalles de varios colores, vestidos y cobijas de fibras de maguey y algodón, así como collares, brazaletes y todo tipo de adornos elaborados en plata. Esta mercancía que en su tribu era elaborada por las diestras manos de sus pobladores, habilidosos en el arte de la costura, el grabado pictórico, la alfarería, el tallado de piedras y el moldeo del metal, les servía para el trueque por harina, sal y carnes secas, ya que donde vivían la tierra no era muy productiva y la ganadería muy escasa.
Los indios Huicholes, al igual que casi todos los pueblos indígenas, se distinguían por su gran resistencia física, y cada mes recorrían un largo trayecto que comprendía decenas de kilómetros, desde las tierras de Guanajuato, Jalisco y Zacatecas hasta llegar a San Luis de Potosí, más exactamente hasta La Real de Catorce, en donde terminaban su travesía y regresaban al punto de partida trayendo consigo todo lo necesario para su pueblo, ellos sabían que en esa población sus mercaderías si eran apreciadas en su justo valor debido al conocimiento que allí se tenía de todo lo relacionado a la elaboración de productos artesanales, además de que la región aún conservaba gran parte de su apogeo basado principalmente en la abundancia del metal que ellos tanto apreciaban y del cual habían oído mencionar que dicha zona era la más rica de todo el mundo. Este recorrido lo habían hecho desde hace siglos aprovechando el camino que los conquistadores españoles habían trazado para la explotación de las ricas minas y que ahora se conocía como El Real Camino de La Plata.
Esta noche, a la hora de descansar, los viajeros decidieron recostarse y beber un extracto natural que los hacía entrar en trance para así curar los malestares producidos durante el viaje. Ellos aseguraban que de este jugo extraído de un cactus llamado peyote lograban encontrar las fuerzas del equilibrio que requerían para vencer sus miedos, quitar los malos pensamientos de los corazones y unirlos. Bebían tan placidamente, entregados al reposo, despreocupados, absortos en la limpieza y regeneración de sus mentes y cuerpos que no se percataron del peligro que acechaba a su alrededor.
Ocultos detrás de una colina se encontraban tres indios de la aguerrida tribu Chihimeca, muy conocidos y temidos por su rebeldía y por haber huido hacia las sierras para evitar la esclavitud por parte de los españoles, Esta tribu se estableció en esta zona inhóspita, quedando rezagados en varios lugares y aunque la mayoría ya había logrado adaptarse a los cambios, algunos aún hoy en día pretendían mostrar su falta de adaptación con el medio.
Aprovechando el estado de relajación en el que estaban inmersos los indios Huicholes, los tres Chichimecas se pudieron escabullir entre el asentamiento nocturno que aquellos levantaron y aprovechando la oscuridad y el hecho de que ya dormían profundamente se lograron apoderar de la carga y de todo lo que pudieron llevarse, incluyendo los animales, para así dejar a los Huicholes sin capacidad de poder perseguirlos y a merced del desierto. No bien habían logrado andar unos pocos kilómetros cuando uno de ellos se percató que la burrita, Paquita, no podía caminar tan rápido como esperaban y le advirtió al grupo que esto les traería problemas para huir con el botín, esto ocasionó que los indios, sin muchos miramientos, tomasen por decisión abandonarla a su suerte en mitad de la Sierra Madre.
Los rebuznos sollozantes de Paquita se escuchaban fuertemente por el desierto, pidiendo que no la separasen de su padre, atemorizada, suplicaba entre llantos.... “Papi, no me dejes, tengo miedo, me siento sola y no puedo correr igual que tú, me duele mi patita, papi no te vayas...”; Don Pancho, valeroso y tratando de volver con ella, se negaba a seguir caminando, decidido a no abandonar a Paquita y dispuesto a soportar azotes con tal de que también a él lo dejaran en el camino para de nuevo reunirse con ella y los Huicholes, se echó sobre la arena y se resistía a los jaloneos del indio que lo conducía, pero ante su renuencia lo amarraron y entre dos de ellos lo arrastraron. El trote rápido de los indios logró que poco a poco se dejaran de escuchar los llantos de la pequeña Paca y durante el resto del camino Don Pancho, vencido y sufriendo en su corazón, miraba al cielo pidiendo perdón a una de sus estrellas, la más brillante, por no haber podido mantener su promesa.
Paca, desorientada y temerosa, se quedó mirando por largo rato hacia el horizonte con la leve esperanza de ver aparecer la figura de su padre, ahora se encontraba sola y no sabía que rumbo seguir. Trataba de recordar lo que él le había explicado mientras recorrían el desierto. Muchas veces lo había escuchado decir que para salir de ese lugar deberían seguir la bola amarilla que se encontraba en lo alto del cielo y que brillaba intensamente durante su recorrido desde donde aparecía por las mañanas hasta el lugar donde se ocultaba por las tardes, le decía que él presentía que ahí donde se iba a esconder tendría que haber algo muy importante; recordando todo esto Paquita se quedó dormida, pero muy tempranito, apenas despuntado el alba, tras reconocer lo que creyó que entre sueños se le había presentado como imágenes sin sentido, ha emprendido nuevamente la marcha, ahora tras la enorme esfera que viaja como su guía sobre el cielo.

9.11.07

Pelea de Ranas.. (No hay que ser maldoso)



"Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien..."
Victor Hugo

13.10.07

Un regalo para los pequeños

Esta graciosa rana me recuerda a alguien jeje

Vía: Videosenlared.com

6.10.07

Juntos..pero jamás atados

Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos - empezó el joven
- Y nos vamos a casar - dijo ella
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitu el día de la muerte.
- Por favor - repitieron - hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo... - dijo el viejo después de una larga pausa - Pero no sé... es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa - dijeron los dos - Lo que sea - ratificó Toro Bravo
- Bien - dijo el brujo - Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo - siguió el brujo - deberás escalar la montaña del trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta... salgan ahora!.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur...
El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas.
Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
- ¿Volaban alto?- preguntó el brujo
- Sí, sin dudas. Cómo lo pediste... ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No - dijo el viejo
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne - propuso la joven.
- No - repitió el viejo. Harán lo que les digo: Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero... Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero solo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, "vuelen juntos pero jamás atados".

3.10.07

No creo que me pase esto por beber una cerveza

De todas maneras sería muy emocionante poder pasar por unos segundos por todos esos cambios

2.10.07

De nuevo en casa

Antes de empezar a contarte esta historia déjame decirte que no se trata de una idea copiada de la película Apocalipto ni tampoco del cuento de Cortazar “La noche boca arriba”. Esta idea me surgió esta tarde cuando venía de regreso del colegio y me encontraba en una “cola” de carros tan larga que nos movíamos lentamente. Estaba sentada al frente del vehículo entre el chofer del ruta y otro pasajero y desde lo alto de la cima donde nos encontrábamos atascados pude observar el valle a mis pies y un hermoso cielo de diferentes tonalidades azules que ya iban despidiéndose del día para dejar paso a la noche.
Podía ver al fondo el insípido río que separaba hace algunos años la montaña donde yo vivía desde hace algunos años, de la meseta donde se encontraba mi ciudad y a donde me dirigía de lunes a viernes para ir a trabajar. Empecé a imaginar como en alguna época lejana ese río había tenido un caudal suficiente para arrastrar con fuerza los sedimentos en el fondo y hacer el surco que ahora se veía seco y lleno de piedras.
Mi imaginación, ayudada por el calor, el cansancio del día de trabajo y el paisaje, empezó a moverse con una velocidad que ya querrían tener los conductores en ese momento al desplazarse por la avenida. Las casas que se veían en la ladera de la montaña fueron desapareciendo poco a poco, los autos y cualquier aviso de tránsito dejo paso a una vegetación mucho mas espesa y de repente ya no me encontraba dentro del coche sino perdida en un extraño paraje.
Empecé a caminar por las laderas que subían hacia donde hace algunos minutos se encontraba mi ciudad. No podía ver sino árboles por todos lados y riachuelos que iban cayendo hasta llegar a un río mas grande que no podía reconocer como el que cada día atravesaba por medio de un puente. La tarde agonizaba y sentí miedo al no saber donde pasaría la noche ni la suerte que correría perdida en medio de ese monte cuando de pronto a lo lejos una lucecita asomaba entre las ramas de los árboles y entre el temor de dormir en esta oscuridad y el hambre me decidí a acercarme.
En un espacio algo deforestado se encontraban no más de 30 personas entre niños, adultos y ancianos reunidos alrededor de una fogata. Las madres tenían a sus hijos mas pequeños con sus cabezas entre las piernas quitando los bichos que se encontraban en su cabello para luego terminar comiéndolos. Algunos hombres escribían figuras en la arena con unas varas a manera de lápiz y se reían entre ellos de lo que se iban comunicando por medio de esos símbolos mientras otros dormían cerca del fuego adormecidos por el líquido consumido de una especie de vasija de barro.
Estaba absorta viendo aquellas imágenes que no me di cuenta de un desnivel en el terreno y antes de contar tres rodé hasta llegar casi a los pies de los asombrados moradores de ese lugar que miraban mi ropa como si fuera un animal de extraño plumaje.
Lo mas extraño de todo es que estos seres no me producían miedo alguno, mas bien era como si los conociera de alguna parte, como si en algún momento hubiéramos formado parte del mismo lugar. Ilógico o no, yo me sentía como si hubiera regresado a casa.
Al principio nuestra comunicación fue muy difícil pero a medida que pasó el tiempo conseguimos llegar a un medio básico del lenguaje, palabras como "rico", "hola" ," casa", y "buenos días". A pesar de eso era imposible mantener una comunicación fluida pero tampoco hacía mucha falta.
Me acostumbré a vivir en ese lugar muy lejano de la ciudad a la que yo habitaba, sonriendo por estos campos y caminos de tierra roja. Todos los días me despertaba al sonido de vacas y los gallos. Me levantaba sintiendo el frió del viento del Sur y a veces el calor del Norte, y sintiendo la tierra roja suave entre mis pies. Las casas donde vivía esta gente eran hechas de palos de madera y techos de paja, y en el suelo para mi comodidad habían puesto una estera tejida para que pudiera evitar sentir las piedrecillas.
Ellos me enseñaron a seleccionar las semillas que servían para cultivar, a elaborar vasijas y utensilios de barro y yo les enseñaba a sus hijos a jugar fútbol y mediante el pequeño curso de cestería que tuve pude realizar una especia de Fresbee rudimentario para distraerlos en sus tiempos libres. No quise cambiar el ritmo natural de las cosas al enseñarles a escribir antes de tiempo. No había ningún apuro en quitarles esa ingenuidad que demostraban en su modo de vida, además, la civilización llegaría tarde o temprano sin mi ayuda.
La gente con que vivía era muy generosa. No me sentía extraña entre ellos, compartían conmigo su comida, su casa, su afecto y yo me sentía que podía quedarme ahí para siempre pero tuvo que llegar ese día en que el ruido producido por el sonido de armas al dispararse hicieran que los “Caquetíos” emprendieran la marcha de ese lugar.
Yo me sentía confusa ante lo que sucedía. Las madres agarraban a sus hijos en hombros y los hombres recogían lo que podían de sus hogares para empezar el descenso por la meseta por donde había yo llegado. Los ruidos de las escopetas y arcabuces se iban haciendo mas cercanos y me ensordecían al punto de no saber para donde dirigirme. Solamente podía escuchar un nombre de los labios de algunos indígenas: “Aguirre” y en mi mente se dibujo aquel famoso tirano que junto a sus marañones azotó la región en la época de la conquista haciendo que los moradores de estas tierras emprendieran la huída hacia tierras bajas donde se encontraban los dos únicos ríos de la zona.
¡Que caos se apoderó de ese lugar! Cada vez mas cerca se escuchaba el golpe seco de los machetes afilados cortar las ramas que impedían el paso hacia el lugar donde nos encontrábamos y el galope de muchos caballos junto al fuego de las armas hacían retumbar el piso. Los indios acomodados en una larga fila empezaron la marcha hacia abajo y yo en medio de ellos me movía como autómata.
Nos movíamos entre el ruido de varias bocinas de los autos…seguíamos nuestro rumbo descendiendo por la meseta hasta el puente que atraviesa el río ahora de nuevo seco…pronto estaré de nuevo en casa.


....No te gustó el cuento Sapito?

30.9.07

El Principe Feliz. Oscar Wilde

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás. Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata. Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe.

Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.


Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas
.

23.9.07

2 Musicales de los Cuentos de Disney con Celine..



Montage Disney - On ne change pas, de Celine Dion



Pocahontas - Céline Dion (le vol d'un ange)



Para escucharlas sin que interfiera la musica de fondo del blog solo clickea en la bocinita del "slide" (el recuadro con movimiento) colocado en el sidebar, junto a la pequena de largo vestidito.. luego puedes reactivar la bocinilla.

13.9.07

ES A TI...


LO ACEPTAS?

9.9.07

CUPIDO Y PSIQUÉ


Había un vez, un rey, padre de tres hijas espléndidas. La más joven, Psiqué, era mucho más hermosa que sus dos hermanas y al lado de ellas parecía una diosa entre simples mortales. La fama de su hermosura se extendio por toda la tierra y de todas partes los hombres se ponían en camino para admirarla con rendida adoración y prestarle pleitesía, como si de una inmortal se tratara. Se llegó a decir incluso que la misma Venus no podía rivalizar con ella. Y cuantos más y más se presentaban ante ella, menos se acordaban de Venus. Los templos de la diosa estaban abandonados, sus altares cubiertos de frías cenizas y las ciudades consagradas a la diosa se convertían en ruinas. Todos los honores reservados hasta entonces se le tributaban a una simple muchacha, destinada a morir en día no lejano.

La diosa no podía aceptar semejante situación, y como siempre que se encontraba en apuros, requirió ayuda de su hijo, que unos llaman Cupido y otros Amor, y contra cuyas flechas no existe protección en el cielo ni en la tierra. Le contó sus cuitas, y, como siempre, se prestó a obedecer sus órdenes. "Usa tu poder - le dijo ella - y haz que esta pequeña desvergonzada se enamore locamente de la más vil y despreciable criatura que haya en el mundo". Él lo habría hecho ciertamente si Venus, olvidando en el furor de sus celos que aquella belleza podría ilusionar al mismo dios del Amor, no le hubiera mostrado antes a Psiqué. Cuando la hubo visto, el mismo Cupido se sintió con el corazón traspasado por una de sus flechas. Nada dijo a su madre; la verdad es que no tenía fuerzas para proferir una sola palabra y Venus se marchó convencida de que la suerte de Psiqué estaba echada.

Las cosas, sin embargo, ocurrieron de distinta manera a como ella creía. Psiqué no pensó nunca enamorarse de un malvado; en efecto, no se enamoró de nadie y, más extraño todavía, nadie se enamoró de ella. Los hombres seguían satisfechos en su contemplación, admirándola, adorándola, después pasaban de largo y desposaban a otra. Sus dos hermanas, aun siendo infinitamente menos seductoras, habían celebrado dos espléndidas bodas, cada una con un rey. Psiqué, la mas hermosa, triste y solitaria, admirada siempre, pero jamás amada. Le parecía que ningún hombre la querría por esposa y ello causaba gran inquietud a sus progenitores. Su padre intentó hallar a través del oráculo de Delfos un buen marido para Psiqué. El dios consintió en responder, pero su profecía fue terrible. Apolo decretó que Psiqué, vestida con negros crespones, debía ser llevada a la cumbre de una colina y permanecer allí sola; el marido que le sería destinado, una serpiente alada, terrible y más poderosa que los mismo dioses, llegaría hasta ella y la haría su esposa...

No se puede imaginar el desespero que se apoderó de aquellos a quienes el padre de Psiqué contó tan triste noticia. Se preparó a la joven como para sus funerales, y con mas lamentos que si se tratara de conducirla a la tumba la llevaron a la colina. Solo psiqué permanecía animosa y decidida. " Mas que llorar por mi -les dijo- debeis hacerlo por esta belleza que me ha granjeado la envidia del cielo. Marchad ahora, y sabed que deseo que pronto llegue el final". Desesperados partieron todos, abandonando a su destino a la radiante y desventurada muchacha y se encerraron en su palacio para llorar por ella el resto de sus días.

Sobre la colina, y en medio de la oscuridad, Psiqué permaneció sentada a la espera. Mientras temblaba y lloraba, en la calmada noche llegó hasta ella una ligera brisa, el dulce viento de Céfiro, el más suave de los vientos. Sintió que se elevaba. Se deslizó de piés por el aire sobre la colina rocosa hasta una pradera mullida como un lecho y perfumada por las flores. El hizo lo posible para que olvidara sus penas y la durmió. Despertó después a orillas de un claro arroyo a cuya vera se elevaba un castillo imponente y magnífico. Parecía destinado a un dios, con sus columnas de oro, muros de plata y suelos incrustados de piedras preciosas. Reinaba un silencio absoluto. Su interior parecía desierto y Psiqué se acercó cautelosa y atemorizada a la vista de tanto esplendor. Permaneció recelosa en el umbral cuando percibió unos ruidos; no veía a nadie, pero oía las palabras con claridad: "La casa es para tí -le decían-. Entra sin miedo y báñate, refréscate; en seguida se pondrá en tu honor la mesa del banquete".

Nunca había tomado un baño tan delicioso ni probado platos tan agradables. Mientras comía, escuchó a su alrededor una dulce música, como un arpa que acompañaba a un numeroso coro. La oía pero tampoco la veía. Todo el día estuvo sola, acompañada unicamente por las voces que escuchaba. Pero sin podérselo explicar presentía que su marido vendría al caer la noche. Y así fue. Cuando le sintió cerca de sí y escuchó su voz que murmuraba dulcemente a su oído, desaparecieron sus temores. Sin verle siquiera, estaba cierta que no era un mostruo ni tenia forma espantosa sino que era el amante esposo que tanto tiempo había deseado.

Aunque esta presencia mediatizada no podía satisfacerla plenamente, sin embargo se encontraba feliz y el tiempo transcurría rápido para ella. Pero una noche, su querido e invisible esposo le habló muy seriamente y le advirtió que un gran peligro le amenazaba bajo la forma de sus dos hermanas. "Vuelven a la colina de donde has desaparecido para llorar por ti -le dijo-. Pero no es conveniente que te descubran. Si lo hacen me causarás una pena inmensa y te destruirás a ti misma". Prometió no dejarse ver y pasó todo el día siguiente llorando, pensando en sus hermanas y en la prohibición que tenía de no consolarlas. Pero lloró todavia más cuando volvio su marido y ni siquiera las caricias que él le prodigó pudieron secar sus lagrimas. Al fin, con gran disgusto, él cedió: "Haz lo que quieras -dijo- pero, te lo repito, estas buscando tu ruina, tu propia destruccion". Después, solemnemente, le explicó que no se dejara persuadir por nadie para que intentara verle, pues quedaría separada de él para siempre. Psiqué obedeció entre protestas, pues preferia morir cien veces que vivir sin el. "Pero otórgame la alegría de ver a mis hermanas" le suplicó ella. Tristemente, él se lo concedió.

Al dia siguiente, llevadas por Cefiro, las dos hermanas descendieron de la montaña. Alegre, con el corazón palpitante de emoción, Psiqué las esperaba; su alegria era muy grande. Transcurrió largo rato antes de que las tres lograran hablarse; su alegría era muy grande y solo pudieron expresarse en suspiros. Por fin entraron en el palacio y las dos hermanas mayores revolvieron todos los magnificos tesoros. En un opulento festín escucharon maravillosa música. Y la envidia, la amarga envida y una curiosidad devoradora se apoderaron de ellas. ¿quién era el dueño de tal magnificencia? ¿quién era el esposo de su hermana? Querían saberlo pero Psiqué, que mantenía su palabra, solo les dijo que su marido era un hombre joven que estaba participando en una cacería. Después, les llenó las manos de oro y joyas y pidió a Cefiro que las devolviera a la colina. Dejaron a Psiqué, pero el fuego de los celos quemaba sus corazones. Comparadas con Psiqué, las riquezas propias y su felicidad les parecían nada, y su envidiosa colera creció tanto en ellas que llegaron a tramar juntas la perdición de su hermana.

Aquella noche, el esposo de Psiqué le advirtió una vez mas que no volviera a ver a sus hermanas. Pero ella replicó que no podia dejar de verlas. ¿Tenia que prohibirle ver a sus hermanas a quienes tanto amaba? El cedió de nuevo y en seguida las dos ruines hermanas llegaron. Traían planes muy concretos. Las palabras vacilantes de su hermana y sus contradictorias respuestas, cuando le pidieron que describiera a su marido, avivaron su curiosidad. Estaban convencidas de que, no solo Psiqué no lo habiá visto todavia, sino que incluso ignoraba su identidad. No le expusieron sus sospechas, pero le reprocharon por disimular tan triste situación a sus hermanas. Ellas lo habían comprendido, le dijeron, y estaban seguras de que su marido no era un hombre, sino mas bien la horrenda serpiente profetizada por el oráculo de Apolo. El de momento se mostraba dulce, pero llegaría una noche en que se arrojaría sobre ella para devorarla.

Psiqué, consternada, sentía que el terror invadía su corazon e iba matando poco a poco su amor. Muchas veces se preguntaba por qué él no le permitía verle, y sospechaba que debía tener para ello alguna poderosa razón, ¿Qué sabia de él en realidad? Si no era tan horrible, ¿por qué tenía la crueldad de ocultarse a su vista? Triste, temblorosa y balbuceante, dio a entender a sus hermanas que no podía negar lo que le decían, pues hasta aquel momento su marido no la había poseído sino en la mas profunda oscuridad. "Debe ocultar algo horrible para que tema tanto la luz del día" dijo ella sollozando, y les pidió consejo.

Ellas lo tenían ya todo previsto, pues lo prepararon con antelación. Psiqué debía ocultar un cuchillo bien afilado y una lámpara al lado de su lecho. Cuando su marido estuviera profundamente dormido, ella se levantaría, encendería la lampara y empuñando el cuchillo, lo clavaria en la figura horrible que la luz le descubriera.

La dejaron abrumada por la duda y fuera de si, sin saber qué partido tomar. Ella le amaba y él era su amante esposo... Durante todo el día sus pensamientos luchaban dentro de ella. Cuando llegó la noche, había abandonado la lucha. Estaba decidida a matarlo...

Cuando él se durmió apaciblemente, ella se revistió de valor y encendio la lámpara. Caminando sobre las puntas de los pies se acercó al lecho y, elevando la luz, contempló lo que tenía ante sus ojos. ¡Oh, su corazón sintió un profundo alivio y el más sublimado éxtasis! La luz no le hizo ver un monstruo, sino la más bella de las criaturas. Invadida por la vergüenza de su locura y por su poca confianza, Psiqué se hincó de rodillas y si el cuchillo no hubiera caído de sus manos temblorosas lo habría clavado en el propio pecho. Pero mientras se hallaba reclinada sobre él, contemplando tan gran belleza, una gota de aceite cayó de la lámpara en la espalda de aquel bello joven. Se despertó sobresaltado, vio la luz y comprendio la desconfianza de Psiqué, y sin pronunciar palabra se marchó.

Psique corrió tras él. No podía verle, pero oía su voz que le hablaba. Le dio a conocer su nombre y con tristeza le dijo adios: "El Amor no puede vivir sin confianza" y con esas últimas palabras la abandonó. "El dios del amor" pensó ella "era mi esposo, y yo, miserable, no tuve fe en su palabra. ¿Se ha marchado para siempre?. De todas maneras -pensó ella llena de coraje- puedo pasar el resto de mi vida buscándolo. Si él no quiere ya amarme, yo sabré demostrarle mi amor". Y se puso en camino sin rumbo fijo; solo sabía una cosa: que jamás renunciaría a volverle a encontrar.

Entretanto, él fue a reunirse con su madre para pedirle que curara su herida, pero cuando Venus supo su historia y comprendio lo que Psiqué había pretendido, llena de colera le dejó solo con su tristeza. Marchó en busca de la muchacha por cuya causa había sentido celos mortales. Venus estaba decidida a demostrar a Psiqué lo que cuesta escapar de la ira de una diosa.

La pobre Psiqué, en su desolado vagabundear, intentaba reconciliarse con los dioses. Les dirigia continuas y ardientes suplicas, pero ninguno de ellos quería granjearse la enemistad de Venus. Psiqué comprendio al fin que los dioses no le ofrecían esperanza alguna y tomó una rapida decisión. Se dirigiría a Venus, se ofrecería a servirla e intentaría apaciguar su colera. "Y quién sabe -se dijo- quién sabe si él no estará en casa de su madre". Y se puso en camino para encontrar a la diosa, quien a su vez andaba buscándola.

Cuando las dos se encontraron, Venus se echó a reír y le dijo con desprecio si buscaba un marido, el que había tenido y que rehusaba verla después que escapó de la muerte a causa de las quemaduras que ella le causara. "Pero en verdad -dijo la diosa- eres tan descarada y te preocupas tan poco de tu aspecto que jamas encontraras un enamorado. Para darte pruebas de mi buena voluntad voy a enseñarte cómo hacerlo". Pidio gran cantidad de semillas de las mas pequeñas, trigo, amapolas, mijo y otras, y las mezcló en un solo monton. "Por tu propio interés, procura que todas esten separadas para esta tarde" dijo la diosa. Y tras estas palabras se fue.

Psique quedo sola y, sentada, contempló el monton de semillas. No cabia en su cabeza la crueldad de esta orden que la desorientaba. además, le parecía inutil ponerse a realizar un trabajo de tan dificil ejecucion. Pero ella, que jamas despertó compasión de nadie en el mundo de los mortales ni de los inmortales, en esta penosa situacion suscitó la piedad de las mas pequeñas de las criaturas, las hormigas. "Venid, compadeceos de esta pobre criatura, ayudemosla pronto" se decían unas a otras. Todas respondieron a este llamamiento; vinieron en masa y trabajaron afanosamente separando y amontonando, y lo que fue un monton informe se convirtió en una serie de montoncillos bien ordenados, compuestos cada uno por una variedad de semilla. Así lo encontró Venus a su regreso, y al verlo se puso furiosa. "Aun no has terminado tu trabajo", le dijo. dio un mendrugo de pan a Psiqué y le ordenó dormir en el suelo, mientras ella se tendía en su lecho blando y perfumado.

Si la podía obligar por largo tiempo a un trabajo duro y penoso, e incluso hacerle pasar hambre, la belleza odiosa de esta muchacha no lo podría resistir. Entretanto, impediría que su hijo abandonara la habitación donde todavía se encontraba, sufriendo a causa de su herida. Venus se sentía satisfecha por el cariz que tomaban los acontecimientos

A la mañana siguiente se le ocurrió un nuevo trabajo para Psiqué, una faena peligrosa. "Abajo, en la orilla del río, donde crecen unos espesos zarzales, se encuentran corderos que tienen el vellocino de oro. Ve y traéme un poco de su brillante lana". Cuando la joven, extenuada, llegó junto a la corriente de agua, intentó lanzarse en ella y terminar asi sus penas. Pero al inclinarse oyó una debil voz que parecía salir del suelo. Bajó los ojos y notó que la voz provenía del rosal. Le decían que no debía ahogarse, pues las cosas no se le presentaban mal. Los corderos estaban muy nerviosos y alborotados, pero si Psiqué esperaba un momento en que por la tarde salían de sus rediles para descansar y abrevar a la orilla del riachuelo, solo tendría que entrar en los corrales y recoger los copos de lana enganchados en las zarzas.

Así habló el dulce y gentil rosal, y Psiqué siguiendo su consejo recogió gran cantidad de hilos de oro para su cruel dueña. Venus la recibió con helada sonrisa. "Alguien te ha ayudado -le increpó bruscamente- tu sola no lo habrías podido realizar. Te voy a dar otra ocasión de probar que tienes el corazón tan decidido como aparentas. ¿Ves aquella agua tan negra que desciende de la colina? Es el nacimiento del río terrible y aborrecido, el Estige. Llena este frasco". Era la prueba más dura que le habían impuesto. Psiqué se dio cuenta al llegar a la cascada. Las rocas que la rodeaban eran escarpadas y deslizantes; el agua se precipitaba por lugares tan abruptos que solo una criatura alada podía aproximarse. Y efectivamente, un águila la ayudó. Planeaba con sus enormes alas por los alrededores cuando vio a Psiqué y se compadeció de ella. Con su pico le arrebató el frasco de sus manos, lo llenó de agua negra y se lo devolvio.

Pero Venus se dio cuenta. Todo lo que ocurría la incitaba a pruebas más difíciles. dio una caja a Psiqué con la consigna de llevarla al hades y rogar a Proserpina, reina del mundo subterraneo, que metiera en ella un poco de su belleza. Psiqué debía insistir sin desmayos y hacer comprender a Proserpina que Venus padecía necesidad urgente, pues estaba ajada y agotada de atender a su hijo enfermo. Obediente como siempre, Psiqué se fue a buscar el camino que conducía al Hades. Cuando pasaba ante una torre, ésta se ofreció a guiarla y le señaló el rumbo que la llevaría al palacio de Proserpina: debía pasar primero por un gran agujero que había en tierra y después por el río de la muerte donde debía entregar una moneda al barquero Caronte para que la transportara a la otra orilla. Allí el camino descendía recto al palacio. Cancerbero, el perro de tres cabezas, guardaba las puertas, pero si ella le ofrecía un dulce se amansaría y le permitiría entrar.

Todo ocurrió como la torre anunció. Proserpina no deseaba más que servir a Venus; Psiqué, muy animada, tomó la caja y volvio más rapida que había ido.

Llevada por la curiosidad, y más todavia por su vanidad, quiso ver el encanto que la caja contenía y, a poder ser, usar un poco en ella misma. Al igual que Venus, sabía que su belleza estaba resentida por los sufrimientos y no le abandonaba un instante la idea de recobrar a Cupido. ¡Ojalá otra vez pudiera volverse mas bella para él! Incapaz de resistir la tentación, abrió la caja y con gran desencanto no encontró nada; estaba vacía. Entonces un decaimiento mortal se apoderó de ella y cayó en un profundo sueño.

En este crítico momento intervino el dios del Amor. La herida de Cupido ya había curado y deseaba ardientemente encontrar de nuevo a Psiqué. Es dificil contener el amor. Venus había cerrado las puertas, pero quedaban las ventanas. Nada más fácil para Cupido que escapar por una de ellas y buscar a su esposa. En un momento arrancó el sueño de los ojos de Psiqué y lo encerró en la caja. Después despertó a su mujer con un beso. La riñó un poco por su curiosidad, le dijo que llevara a su madre la caja de Proserpina y le aseguró que todo en adelante tendría un feliz desenlace.

Mientras Psiqué se apresuraba a obedecer, el dios del Amor se marchó al Olimpo. Quería asegurarse de que Venus no le pondría mas dificultades y planteó el caso ante Jupiter. El padre de los dioses y de los hombres consintió enseguida en todo lo que Cupido le pedia. Convocó a los dioses y les anunció (a Venus y a los demas) que Cupido y Psiqué estaban oficialmente casados y propuso conceder la inmortalidad a la esposa. Mercurio elevó a Psiqué hasta el cielo y la depositó en el palacio de los dioses. El mismo Jupiter le hizo gustar la ambrosía que le otorgaba la inmortalidad. Esto, naturalmente, cambiaba la situacion. Venus no podía ya censurar a la diosa que había llegado a ser su bella nuera. Se imponía una alianza y así penso que Psiqué, viviendo en el cielo con su marido, le faltaría tiempo para bajar a la tierra, acaparar la atención de los hombre e inmiscuirse en su culto.

Todo terminó felizmente. El Amor y el Alma (que es lo que significa Psiqué en griego) se buscaron y tras duras pruebas se encontraron. Y esta unión no debía romperse jamás.


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