31.12.07

RECUERDOS DE UNA MAÑANA DE NAVIDAD

No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.
Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. "Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".
Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.
Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.
Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.
En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.
Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño".
"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.
Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.
Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!
¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.
Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regales del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.
Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.
- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.
- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.
Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.
Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:
- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.
De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.
- Ten – me dijeron -, toma esto.
En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.
Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.
Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.
- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
- Sí – respondí.
- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.
No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.
Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.


23.12.07

25.11.07

Capitulo VI.Miedo en la escuela


Han pasado muchos meses ya desde aquel encuentro en la capilla abandonada. Los años han ido trayendo otras primaveras y otros inviernos en los cuales Paquita, nuestra burrita aventurera, ha pasado a formar parte de una familia muy trabajadora del pueblo de San Tomé. Querida por niños y adultos, Paca cada día se pone mucho mas hermosa y no cabe duda de que sus genes hablan por si mismos. Nadie conoce la historia de paca, ni de donde viene, pero si saben que sus padres debieron haber sido unos especímenes de raza pura y cada vez que alguien en el pueblo lo menciona, las orejas de la burrita se paran con orgullo.
Cada mañana, después que los niños desayunan y hacen sus deberes del hogar, sobre su amplio lomo, paquita se regocija en llevar a los niños hasta la escuela y mientras ellos asisten a sus clases ella se queda por los pastos esperando que salgan a recreo. En esas horas, Paquita se divierte como otra niña mas saltando y brincando, paseando a los pequeños y correteando a los grandes. Los niños en regalo le tejen collares con las flores y se las cuelgan al cuello.
Esta escena conmovía mucho a la maestra que aprovechando un rato de descanso miraba por la ventana en aquel atardecer maravilloso, mientras sus alumnos se divertían brincando de un lado al otro bajo la tutela de Paquita que los cuidaba a la vez que jugaba con ellos
La melancolía llegaba a ella cada vez que su mente lograba un poco de tranquilidad, tratando de sentir una presencia en la distancia que llegara junto con ese horizonte que cada vez se hacía mas anaranjado
Los recuerdos vuelan por su mente como escenas repetidas de una historia que ella pretende no querer recordar. Y es que hace ya un par de años, casi al mismo tiempo que llego paquita al pueblo, su Manuel, su novio desde que estaba en la escuela, se despidió de ella prometiendo regresar cuando hubiera podido encontrar la manera de ser digno de ella y ofrecerle todo lo que él anhelaba darle cuando se casaran.
De nada valieron los ruegos de la maestra para convencerlo de que ella solo necesitaba su amor, porque él, un domingo bien temprano por la mañana en el primer autobús del pueblo, partió hacia otra ciudad lejana sin que ella hubiese tenido noticias suyas en todo este tiempo, llegando a suponer que quizás por esos lugares, Manuel ya se hubiera encontrado alguien mas para compartir su vida.
Sin embargo, hoy Adela miraba por la ventana, con esa misma mirada esperanzadora que la hacía creer que algún día detrás de esas montañas vería regresar al hombre que una vez le juro vivir a su lado para siempre…
-Maestra…maestra…grito uno de los niños. Patricio se ha caído en un pozo y no puede salir.!!
Los gritos de Juanito sacaron abruptamente a la maestra se sus pensamientos y levantándose apresuradamente corrió al encuentro del niño. Ciertamente, en medio del patio donde los niños solían jugar, se había formado una especie de cueva vertical en donde a duras penas se lograba divisar al pequeño. Adrianna, al ver que su hermano estaba en el fondo de ese agujero, lloraba sin cesar mientras los demás niños le lanzaban cuerdas para ver si el niño lograba asirse pero todo era inútil, el agujero era profundo y las cuerdas muy cortas.
- Dios mío…necesitamos ayuda antes de que anochezca..No puedo dejar a los niños solos..y no puedo quedarme sin hacer nada..que hago?
Juanito le dijo a la maestra que el podría ir encima de Paquita hasta el pueblo y buscar ayuda y ella entendiendo que era lo mejor que se podía hacer, dejo marchar al niño de inmediato sin dejar de advertirle:
- Agárrate bien del cinto…no te acerques mucho al despeñadero…por favor Juanito, ve con cuidado -
- Si maestra..no tenga cuidado..volveré…
Como le sonaba mal esa palabra a Adela..”Volveré”…y movió su cabeza repetidamente para olvidarse del significado que tenían para ella..
- Patricio..puedes oírme? Estas bien? No te has hecho daño?
El niño respondía cada una de sus preguntas tranquilizándola al escuchar que se encontraba bien y que no se había hecho daño pues Adela no se podía dar el lujo de llorar en estos momentos frente a los demás niños. Mientras hablaba con la maestra, Patricio le contaba que algo raro había en ese lugar. Era como si muchas cosas de diferentes tipos se encontraban apiñadas una sobre otras pero escasamente podía reconocer que era ya que la visibilidad era casi nula. Lo único que podía hacer era tantear con sus pequeñas manos con cuidado sin mover mucho las cosas de lugar.
- Patricio, mantente en un solo lugar..el piso no esta muy firme y si se desploma será mucho mas difícil sacarte de ahí.
Pasaron casi dos horas antes de que llegara ayuda del pueblo y el sol estaba ya rozando el horizonte. El color rojizo propio de estas horas teñía el cielo de tonalidades otoñales que servían de fondo a este drama que ocurría en las inmediaciones de la escuela. La labor del rescate no fue nada fácil. El piso en la cima del agujero se encontraba débil y con cada intento de jalar la cuerda se desmoronaba. El miedo de que viniera un derrumbe y sepultara al niño se sentía latente.
Paquita, inquieta, revoloteaba alrededor de los hombres que lanzaban una y otra vez las cuerdas. Ella quería ver a su niño Patricio de nuevo y no sabía de que manera ayudar. Daba vueltas y mas vueltas pensando en lo que ella podía hacer pero los hombres la alejaban del lugar con gritos que la ponían triste.
Cada vez el lugar se ponía mas oscuro. A estas horas ya varias personas mas, incluyendo a los padres de Patricio, se encontraban en el lugar tratando de ayudar. Los hombres estaban haciendo una escalera con las ramas y las cuerdas que habían traído. Pero tenia que ser una escalera muy larga que llegara hasta donde el niño se encontraba y se calculaban unos 10 metros. Nadie se explicaba como Patricio no se había hecho daño y algunos aducían que la caída debía haber sido diagonal y lentamente porque de haber sido vertical el niño tendría algún hueso roto.
Paquita, sin saber como, ni porque, tuvo un presentimiento o un instinto. Ella había crecido en el desierto, no era una mulita culta pero si astuta como su padre y ella conocía bien algunos secretos de la zona. Muchas veces su padre, para protegerla de los animales salvajes la llevo hacia algunas cuevas que estaban enclavadas en las montañas y las cuales tenían muchísimos pasadizos. En algunos de ellos se podían observar algunos agujeros en la cima por los cuales atravesaba la luz del sol…
Los hombres terminaron de hacer la escalera y estaban listos para descenderla por el boquete en el piso. Llamaron y llamaron a Patricio para advertirle que tuviera cuidado al subir por ella pero no recibieron respuesta.
- Patricio! Despierta, ya es hora de volver a casa- Decía su madre entre lagrimas, pero el silencio era total
Uno de los hombres trato de asomarse al agujero y alumbrarlo con una antorcha de cebo para ver donde se encontraba el niño y de repente, el miedo que todos tenían se hizo real…El piso cercano al borde se desplomo cayendo un alud de tierra sepultando gran parte del foso .
Todo el mundo gritaba, lloraba… Dios mio!! Patricio quedo enterrado varios metros abajo!!
Y en medio de todo ese alboroto y lamentos de repente surgió una figura de entre la oscuridad. Paquita, con su patita coja haciendo clipi titab clipi titab..llena de polvo de las patas a las orejas, llevaba sobre su lomo a un niño Patricio casi adormecido.
- Mama..papa, estoy aquí, no lloren
Todos corrieron a ayudar a Paquita y bajaron al niño para acurrucarlo en sus brazos. Los hombres le daban palmadas a la burrita ..¡Bien hecho, Paquita…bien hecho! , y entre risas y el jolgorio de haber podido rescatar al niño, los habitantes del pueblo de San Tomé fueron dirigiéndose cada uno hasta sus hogares dichosos de haber podido terminar este asunto trágico en un final feliz.
Pero aun faltaba por venir alegría a este pueblo, ya que lo que ellos no sabían y no tardarían en descubrir, es que dentro de la cueva a donde Paquita había entrado a rescatar a Patricio se hallaban ocultas muchas de las pertenencias del encomendado Don Gonzalo Quevedo que mucho antes de abandonar estas tierras había mandado a esconder para venir posteriormente a buscarlas pero que al regresar no pudo hallar.
Paquita, se sentía feliz. Ella había podido hacer algo por estas personas que desde el principio le habían dado cariño sin menospreciarla por su defecto al caminar y hoy había respondido de igual manera al demostrarles cuanto los quería. En eso iba ella bajando al pueblo mientras observaba la noche salpicada de luminosas estrellas cuando de pronto una visión hizo humedecer sus ojos empolvados. Arriba en el cielo, de entre todas las estrellas, había una que titilaba mucho mas fuerte y que ella pudo reconocer como la misma de aquella noche solitaria en el desierto. De nuevo su brillo le trasmitió calma a sus angustiados recuerdos y mientras descendía quiso pedirle a su amiga luminosa un deseo. En secreto, burrita y estrella entablaron una conversación privada pero por la cara de felicidad de la burrita y el brillo de esta estrella que aparecía cada vez que iba finalizando el otoño, podía adivinarse que algo bueno estaba por suceder.

14.11.07

Capítulo 5.- Conociendo a Patricio y Adrianna

La suave brisa rondaba esa cálida mañana de otoño. Un sol destellante apuntalaba el cielo y Paquita pudo sentir el calor en su maltrecho cuerpo. Estirando las patas y lanzando un bostezo termino de alejar los últimos rastros de sueño. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había sido un sueño y que en realidad se encontraba protegida en su nuevo refugio y en compañía de su nuevo amigo.

Alzo los ojos y lanzando unos rebuznos le dio los buenos días sin poder disimular su enojo. ¿Quién habría puesto a su amigo en esa posición? Poniendo sus patas en la pared trataba de llegar hasta él para ver si mordiendo los clavos podría liberarlo de sus ataduras pero todo era en vano; la figura se encontraba muy alta para ella. Se prometió a si misma que en lo que pudiera buscaría ayuda para bajarlo de ese incómodo lugar.

Aunque nunca recibió una palabra de la boca de la imagen, ni tan siquiera una mueca ni un gesto que le hiciera ver que estaba vivo, Paquita podía sentir en aquellos ojos un brillo del cual brotaba una extraña ternura que le hablaba muy adentro. Él no necesitaba mover los labios para llegar al corazón de Paquita porque ahí donde no hacían falta palabras, en ese lugar muy oculto de su pecho donde ella mantenía el cariño hacia sus padres, un dulce calor la invadía y le hacía sentir que las cosas iban a mejorar para ella y Paquita le creía.

Pero las cosas no se detenían en ese lugar y mucho menos el tiempo. Ya habían pasado muchas horas desde que Paca se alimentó por última vez y el hambre empezaba a crear sonidos en su pancita, así que tomó la decisión de salir a buscar alimentos aprovechando el buen clima.

Las mismas escalinatas que la noche anterior se encontraban resbalosas por la lluvia hoy ya se encontraban secas y Paquita lentamente y con cautela empezó a bajarlas, cuidando de que ninguna piedrita se clavara dentro de sus cascos. Al fin y al cabo eran los únicos zapatos con que contaba y debía protegerlos para poder llegar al destino que tenía reservado. Recorriendo los matorrales que cubrían la capilla olfateó para ver si podía encontrar algo de alimento pero solo eran ramas secas sin casi nada verde. Era evidente que el otoño no ayudaría mucho a la burrita con su alimentación.

Siguió un momento merodeando el lugar sin obtener ningún resultado, sin olvidarse de vez en cuando de mirar hacia atrás para cerciorarse de que no se alejaba mucho del refugio. Paquita no quería volver a perderse en el desierto ni mucho menos abandonar a su amigo que tanto la necesitaba y de repente en una de esas volteadas de cabeza se dio cuenta de que algo se movía detrás de unos arbustos y sus orejas instantáneamente de pusieron en alerta.¡No estaba sola! El miedo empezó a subir por sus patas dejándolas casi inmóvil y aunque trataba de moverlas para buscar un escondite o salir corriendo hacia la capilla, su cuerpo no respondía.

El arbusto seguía moviéndose; evidencia de que algo o alguien se encontraba escondido detrás de sus ramas; Paquita pensaba en lo peor: una fiera salvaje como la que mató a su madre saltaría y ella acabaría siendo la comida de alguien en vez de conseguir comida para alimentarse. Que tristeza terminar así todo esa aventura; tanto caminar en el desierto para llegar a esto. Paquita seguía en sus cavilaciones sin atreverse a mover, quizás el hambre había hecho que ya sus patas decidieran no seguir moviéndose y pensaba: ¡No..de aquí ya nadie me mueve! Y mientras movía varias veces su cabeza en forma horizontal para negar el hecho vio surgir de pronto dos figuras detrás del matorral que hicieron que de un brinco emprendiera la huida hacia la pequeña iglesia; nadie que la viera corriendo de esa manera podría afirmar que esa burrita tuviera un defecto en su pata trasera.

¡Estoy perdida!, le gritaba varias veces a su amigo en la pared. “Vienen detrás de mí dos animales salvajes que han salido de unos matorrales. Tienen unos dientes enormes, blancos y salvajes; una forma de rugir que nunca he escuchado y brincan como los mas astutos conejos del desierto” Paquita buscaba mientras rebuznaba un lugar donde esconderse antes de que llegaran las fieras, pero su tamaño no le permitía encontrar un buen lugar. No entraba debajo de las pocas bancas que aún quedaban; ni debajo de la sacristía; en el confesionario ni hablar; probaba entrar a la fuerza detrás de las maderas apiñadas pero lo único que logró fue que cayeran estrepitosamente en el suelo levantando una enorme nube de polvo.

Resignada a no poder encontrar donde esconderse se sentó debajo de la imagen del Cristo y esperó acompañada que llegara su hora. No paso mucho tiempo para que en la puerta de la iglesia aparecieran a contraluz dos figuras que proyectaban una sombra larga sobre los adoquines angelicales. Sus pasos eran cortos y sus pisadas lentas, pero no se detenían en su camino hasta la sacristía; con la mirada fija en el animalito que se encontraba sentado y temblando debajo del Cristo en la Cruz llegaron al encuentro de Paquita dos pequeños niños de la región.

Con precaución uno de ellos alargó su mano para acariciar el lomo de la criatura que no dejaba de temblar agazapada con la cabeza entre sus patas. Con suavidad sus dedos recorrían el pelo seco y curtido por el sol de la pequeña burrita que producto de las palabras de ternura que recibía, poco a poco, fue dejando de temblar. Al ver que no había nada que temer, la otra criatura se animó a hacer lo mismo y al cabo de unos minutos los tres, niños y burrita se encontraban brincando en el lugar.

Los niños desde que la vieron sintieron un cariño especial hacia esta burrita que cojeaba al caminar y que mostraba en sus ojos enormes una necesidad de afecto por lo que resolvieron llevarla a su casa, seguros de que sus padres no se opondrían a tener este animalito que podría ayudarlos con el trabajo y a la vez poderles servir de compañía. Haciendo un gesto con la mano, Patricio le hizo señas a la burrita para que lo siguiera y antes de que empezara la retirada, Paquita volteó la cabeza para dirigir su mirada a lo alto de la pared y se sorprendió al ver que ésta se encontraba vacía. En su lugar, había una enorme mancha en forma de cruz que hacía suponer la existencia anterior de algo colgado en ese lugar. Perturbada y preocupada sentía aflicción en su corazón, ella hubiese querido despedirse de su amigo y buscaba por los rincones de la iglesia alguna señal de él, pero sin resultado alguno por lo que al final decidió pensar que había logrado zafarse de sus ataduras.

Es así como Paquita había encontrado en mitad de las montañas, en un lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental del norte de Jalisco y olvidado por el hombre, a sus nuevos dueños. Patricio y Adriana, dos niños nativos de la zona.