8.11.06

El Niño y La Cometa

El niño se sonreía

­mano inhábil, ojo atento­

y la cometa en el viento

(su corazón) se cernía.

Ave, cometa, de un día

su corazón soñoliento.

Pues el corazón quería

huir ­pero no podía,

pero no sabía­ al viento.




Para ver directamente del autor
y comentarios didácticos,
(Dámaso Alonso):
El Niño y La
Cometa...

Y para observar más imágenes
del tema en bellos grabados,
(Juan M. Valcarcel Obelleiro):
Taller de
Cometas...

6.11.06

PARA UN HERMOSO BEBE



Zar Nicolas de Rusia

Nicolas Duque de Lorena

Nicolas Cage

San Nicolas de Bari

Nicolas Maquiavelo

Nicolas Paganini

Nicolas Copernico

y mas..y tantos..y cientos de Nicolas...pero solo uno tan grande como nuestro Nicolas que hoy cumple su primer añito

FELIZ CUMPLEAÑOS, NICOLAS

LA HISTORIA DE PACHECO


El Avila no se veía aún, pues el grosor de la niebla dejaba apenas entrever hasta algunos pasos. Desde hacía buen rato venían emergiendo como sombras detrás de la espesa cortina los arrieros que bajaban por el camino con sus acémilas tan cargadas que apenas le asomaban las orejas. Pronto se hizo un gran corro animado por voces quedas que sólo eran rumores mezclados con los sonidos de las bestias. Del fondo de la niebla del camino surgía un cántico leve que se oía con claridad porque venía del silencio de la montaña:

Caminito de Santiago
iba un alma peregrina,
una noche tan oscura,
que ni una estrella lucía;

La estrofa dejó un eco leve para luego desvanecerse sin que ninguna figura apareciera tras ella. En vano se esperó al caminante que bajaba con su canto. ¿Quién sería aquel que ahora callaba cuando ya estaba por aparecer tras la cortina de bruma? ¡Quién va ser! ¡Pacheco!, aclaró un arriero. Pacheco siempre bajaba cantando para que no le temblara la quijada y para infundir ánimo a sus burritos que jadeaban echando chorros de vapor. Apenas descansaba en San Luis para proseguir hacia San Jacinto donde tenía lugar predilecto junto a las jaulas de los vendedores de pájaros, frente a La Atarraya y otros ventorrillos donde estaban a la mano el vasito de berro o el de aguardiente de caña, remedios infalibles para aliviar el frío intenso que se había traído consigo desde Galipán y la cumbre del Avila, aires con los que ponía a temblar a pobres y ricos en este valle tan celebrado.
Aunque en su ruta desde San José, Pacheco iba entregando de su rural e inagotable cornucopia, entre saludos siseantes, su carga de colores o clientes predilectos, los burros siempre llegaban repletos de flores al mercado como si no hubiera cedido un capullo. Pero allí volaban todas de una vez como banda de mariposas sorprendidas, quitándole de pronto todo el peso al jumento, que se ponía a sonar sus cascos sobre el empedrado, alegre por sentir el lomo libre. Tan popular era Pacheco y tan famosas sus flores, que a los pocos minutos no le quedaba una azucena, ni un clavel, ni una rosa blanca para regalar a la moza que le sonreía al bajar las escalinatas del mercado. Cuando volvía, su montaña dejaba en la ciudad el frío que había traído para que, a las llamas del hogar, se acercaran los hombres en preparación para la temporada navideña.
Llego un año en que Pacheco no bajó más. Su figura campechana y sonriente ya no se vio asomar tras el velo de la niebla avileña. No se presentó más aquella figura tradicional tocada con sombrero de pelo de guama, con su vestimenta blanca y la ruana de ribetes de colores y su ristra de asnos cargados de flores de Galipán. Pero el frío y la niebla sí siguieron bajando como embajadora del sembrador de flores y de tradiciones caraqueñas. Desde algunos años, el ceño del Avila se ha fruncido, y en pleno diciembre nos manda enviones de nubes y de vientos, que antes llamaban ‘nortes’ y ahora vaguadas, despeñándose en aguaceros como para poner a prueba a los caracteres indoblegables.

5.11.06

Calaveritas de la noche de Rachunangas


Aquella bolsa azucarada
A la lengua sabrosa
Chispeante de luz colorada.
Calaveras de jitomate,
A la hermosa ofrenda
Das algo como el mosquito
Teje su telaraña,
Y en ese entonces recibes algo
Pues este es el día
Cual sillón rojo terciopelo
Sentada la calaca
Despierta de su largo sueño
Sólo para hoy, el hermoso día de muertos.
Día de pensar en los seres vivientes
como creciendo en las raíces de un árbol,
Que amas y han muerto
Pues es como pensar en las burbujas transparentes
Que se van elevando al cielo
En las nubes de algodón.
Un cuete de luz va hacia arriba
Como la chispa de vida.
Subiendo hacia los planos de Dios
Como bomba panzona
La luna se buscó una casona
Y se encontró con una señorona
Que era muy llorona
Y además muy coscorrona
A pesar de los dráculas,
Diablos de la tradición,
Para mí es un hermoso,
Hermoso día de luna
El día de las espinas de los muertos.


Ekiwah Adler Bélendez