25.11.07

Capitulo VI.Miedo en la escuela


Han pasado muchos meses ya desde aquel encuentro en la capilla abandonada. Los años han ido trayendo otras primaveras y otros inviernos en los cuales Paquita, nuestra burrita aventurera, ha pasado a formar parte de una familia muy trabajadora del pueblo de San Tomé. Querida por niños y adultos, Paca cada día se pone mucho mas hermosa y no cabe duda de que sus genes hablan por si mismos. Nadie conoce la historia de paca, ni de donde viene, pero si saben que sus padres debieron haber sido unos especímenes de raza pura y cada vez que alguien en el pueblo lo menciona, las orejas de la burrita se paran con orgullo.
Cada mañana, después que los niños desayunan y hacen sus deberes del hogar, sobre su amplio lomo, paquita se regocija en llevar a los niños hasta la escuela y mientras ellos asisten a sus clases ella se queda por los pastos esperando que salgan a recreo. En esas horas, Paquita se divierte como otra niña mas saltando y brincando, paseando a los pequeños y correteando a los grandes. Los niños en regalo le tejen collares con las flores y se las cuelgan al cuello.
Esta escena conmovía mucho a la maestra que aprovechando un rato de descanso miraba por la ventana en aquel atardecer maravilloso, mientras sus alumnos se divertían brincando de un lado al otro bajo la tutela de Paquita que los cuidaba a la vez que jugaba con ellos
La melancolía llegaba a ella cada vez que su mente lograba un poco de tranquilidad, tratando de sentir una presencia en la distancia que llegara junto con ese horizonte que cada vez se hacía mas anaranjado
Los recuerdos vuelan por su mente como escenas repetidas de una historia que ella pretende no querer recordar. Y es que hace ya un par de años, casi al mismo tiempo que llego paquita al pueblo, su Manuel, su novio desde que estaba en la escuela, se despidió de ella prometiendo regresar cuando hubiera podido encontrar la manera de ser digno de ella y ofrecerle todo lo que él anhelaba darle cuando se casaran.
De nada valieron los ruegos de la maestra para convencerlo de que ella solo necesitaba su amor, porque él, un domingo bien temprano por la mañana en el primer autobús del pueblo, partió hacia otra ciudad lejana sin que ella hubiese tenido noticias suyas en todo este tiempo, llegando a suponer que quizás por esos lugares, Manuel ya se hubiera encontrado alguien mas para compartir su vida.
Sin embargo, hoy Adela miraba por la ventana, con esa misma mirada esperanzadora que la hacía creer que algún día detrás de esas montañas vería regresar al hombre que una vez le juro vivir a su lado para siempre…
-Maestra…maestra…grito uno de los niños. Patricio se ha caído en un pozo y no puede salir.!!
Los gritos de Juanito sacaron abruptamente a la maestra se sus pensamientos y levantándose apresuradamente corrió al encuentro del niño. Ciertamente, en medio del patio donde los niños solían jugar, se había formado una especie de cueva vertical en donde a duras penas se lograba divisar al pequeño. Adrianna, al ver que su hermano estaba en el fondo de ese agujero, lloraba sin cesar mientras los demás niños le lanzaban cuerdas para ver si el niño lograba asirse pero todo era inútil, el agujero era profundo y las cuerdas muy cortas.
- Dios mío…necesitamos ayuda antes de que anochezca..No puedo dejar a los niños solos..y no puedo quedarme sin hacer nada..que hago?
Juanito le dijo a la maestra que el podría ir encima de Paquita hasta el pueblo y buscar ayuda y ella entendiendo que era lo mejor que se podía hacer, dejo marchar al niño de inmediato sin dejar de advertirle:
- Agárrate bien del cinto…no te acerques mucho al despeñadero…por favor Juanito, ve con cuidado -
- Si maestra..no tenga cuidado..volveré…
Como le sonaba mal esa palabra a Adela..”Volveré”…y movió su cabeza repetidamente para olvidarse del significado que tenían para ella..
- Patricio..puedes oírme? Estas bien? No te has hecho daño?
El niño respondía cada una de sus preguntas tranquilizándola al escuchar que se encontraba bien y que no se había hecho daño pues Adela no se podía dar el lujo de llorar en estos momentos frente a los demás niños. Mientras hablaba con la maestra, Patricio le contaba que algo raro había en ese lugar. Era como si muchas cosas de diferentes tipos se encontraban apiñadas una sobre otras pero escasamente podía reconocer que era ya que la visibilidad era casi nula. Lo único que podía hacer era tantear con sus pequeñas manos con cuidado sin mover mucho las cosas de lugar.
- Patricio, mantente en un solo lugar..el piso no esta muy firme y si se desploma será mucho mas difícil sacarte de ahí.
Pasaron casi dos horas antes de que llegara ayuda del pueblo y el sol estaba ya rozando el horizonte. El color rojizo propio de estas horas teñía el cielo de tonalidades otoñales que servían de fondo a este drama que ocurría en las inmediaciones de la escuela. La labor del rescate no fue nada fácil. El piso en la cima del agujero se encontraba débil y con cada intento de jalar la cuerda se desmoronaba. El miedo de que viniera un derrumbe y sepultara al niño se sentía latente.
Paquita, inquieta, revoloteaba alrededor de los hombres que lanzaban una y otra vez las cuerdas. Ella quería ver a su niño Patricio de nuevo y no sabía de que manera ayudar. Daba vueltas y mas vueltas pensando en lo que ella podía hacer pero los hombres la alejaban del lugar con gritos que la ponían triste.
Cada vez el lugar se ponía mas oscuro. A estas horas ya varias personas mas, incluyendo a los padres de Patricio, se encontraban en el lugar tratando de ayudar. Los hombres estaban haciendo una escalera con las ramas y las cuerdas que habían traído. Pero tenia que ser una escalera muy larga que llegara hasta donde el niño se encontraba y se calculaban unos 10 metros. Nadie se explicaba como Patricio no se había hecho daño y algunos aducían que la caída debía haber sido diagonal y lentamente porque de haber sido vertical el niño tendría algún hueso roto.
Paquita, sin saber como, ni porque, tuvo un presentimiento o un instinto. Ella había crecido en el desierto, no era una mulita culta pero si astuta como su padre y ella conocía bien algunos secretos de la zona. Muchas veces su padre, para protegerla de los animales salvajes la llevo hacia algunas cuevas que estaban enclavadas en las montañas y las cuales tenían muchísimos pasadizos. En algunos de ellos se podían observar algunos agujeros en la cima por los cuales atravesaba la luz del sol…
Los hombres terminaron de hacer la escalera y estaban listos para descenderla por el boquete en el piso. Llamaron y llamaron a Patricio para advertirle que tuviera cuidado al subir por ella pero no recibieron respuesta.
- Patricio! Despierta, ya es hora de volver a casa- Decía su madre entre lagrimas, pero el silencio era total
Uno de los hombres trato de asomarse al agujero y alumbrarlo con una antorcha de cebo para ver donde se encontraba el niño y de repente, el miedo que todos tenían se hizo real…El piso cercano al borde se desplomo cayendo un alud de tierra sepultando gran parte del foso .
Todo el mundo gritaba, lloraba… Dios mio!! Patricio quedo enterrado varios metros abajo!!
Y en medio de todo ese alboroto y lamentos de repente surgió una figura de entre la oscuridad. Paquita, con su patita coja haciendo clipi titab clipi titab..llena de polvo de las patas a las orejas, llevaba sobre su lomo a un niño Patricio casi adormecido.
- Mama..papa, estoy aquí, no lloren
Todos corrieron a ayudar a Paquita y bajaron al niño para acurrucarlo en sus brazos. Los hombres le daban palmadas a la burrita ..¡Bien hecho, Paquita…bien hecho! , y entre risas y el jolgorio de haber podido rescatar al niño, los habitantes del pueblo de San Tomé fueron dirigiéndose cada uno hasta sus hogares dichosos de haber podido terminar este asunto trágico en un final feliz.
Pero aun faltaba por venir alegría a este pueblo, ya que lo que ellos no sabían y no tardarían en descubrir, es que dentro de la cueva a donde Paquita había entrado a rescatar a Patricio se hallaban ocultas muchas de las pertenencias del encomendado Don Gonzalo Quevedo que mucho antes de abandonar estas tierras había mandado a esconder para venir posteriormente a buscarlas pero que al regresar no pudo hallar.
Paquita, se sentía feliz. Ella había podido hacer algo por estas personas que desde el principio le habían dado cariño sin menospreciarla por su defecto al caminar y hoy había respondido de igual manera al demostrarles cuanto los quería. En eso iba ella bajando al pueblo mientras observaba la noche salpicada de luminosas estrellas cuando de pronto una visión hizo humedecer sus ojos empolvados. Arriba en el cielo, de entre todas las estrellas, había una que titilaba mucho mas fuerte y que ella pudo reconocer como la misma de aquella noche solitaria en el desierto. De nuevo su brillo le trasmitió calma a sus angustiados recuerdos y mientras descendía quiso pedirle a su amiga luminosa un deseo. En secreto, burrita y estrella entablaron una conversación privada pero por la cara de felicidad de la burrita y el brillo de esta estrella que aparecía cada vez que iba finalizando el otoño, podía adivinarse que algo bueno estaba por suceder.

14.11.07

Capítulo 5.- Conociendo a Patricio y Adrianna

La suave brisa rondaba esa cálida mañana de otoño. Un sol destellante apuntalaba el cielo y Paquita pudo sentir el calor en su maltrecho cuerpo. Estirando las patas y lanzando un bostezo termino de alejar los últimos rastros de sueño. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había sido un sueño y que en realidad se encontraba protegida en su nuevo refugio y en compañía de su nuevo amigo.

Alzo los ojos y lanzando unos rebuznos le dio los buenos días sin poder disimular su enojo. ¿Quién habría puesto a su amigo en esa posición? Poniendo sus patas en la pared trataba de llegar hasta él para ver si mordiendo los clavos podría liberarlo de sus ataduras pero todo era en vano; la figura se encontraba muy alta para ella. Se prometió a si misma que en lo que pudiera buscaría ayuda para bajarlo de ese incómodo lugar.

Aunque nunca recibió una palabra de la boca de la imagen, ni tan siquiera una mueca ni un gesto que le hiciera ver que estaba vivo, Paquita podía sentir en aquellos ojos un brillo del cual brotaba una extraña ternura que le hablaba muy adentro. Él no necesitaba mover los labios para llegar al corazón de Paquita porque ahí donde no hacían falta palabras, en ese lugar muy oculto de su pecho donde ella mantenía el cariño hacia sus padres, un dulce calor la invadía y le hacía sentir que las cosas iban a mejorar para ella y Paquita le creía.

Pero las cosas no se detenían en ese lugar y mucho menos el tiempo. Ya habían pasado muchas horas desde que Paca se alimentó por última vez y el hambre empezaba a crear sonidos en su pancita, así que tomó la decisión de salir a buscar alimentos aprovechando el buen clima.

Las mismas escalinatas que la noche anterior se encontraban resbalosas por la lluvia hoy ya se encontraban secas y Paquita lentamente y con cautela empezó a bajarlas, cuidando de que ninguna piedrita se clavara dentro de sus cascos. Al fin y al cabo eran los únicos zapatos con que contaba y debía protegerlos para poder llegar al destino que tenía reservado. Recorriendo los matorrales que cubrían la capilla olfateó para ver si podía encontrar algo de alimento pero solo eran ramas secas sin casi nada verde. Era evidente que el otoño no ayudaría mucho a la burrita con su alimentación.

Siguió un momento merodeando el lugar sin obtener ningún resultado, sin olvidarse de vez en cuando de mirar hacia atrás para cerciorarse de que no se alejaba mucho del refugio. Paquita no quería volver a perderse en el desierto ni mucho menos abandonar a su amigo que tanto la necesitaba y de repente en una de esas volteadas de cabeza se dio cuenta de que algo se movía detrás de unos arbustos y sus orejas instantáneamente de pusieron en alerta.¡No estaba sola! El miedo empezó a subir por sus patas dejándolas casi inmóvil y aunque trataba de moverlas para buscar un escondite o salir corriendo hacia la capilla, su cuerpo no respondía.

El arbusto seguía moviéndose; evidencia de que algo o alguien se encontraba escondido detrás de sus ramas; Paquita pensaba en lo peor: una fiera salvaje como la que mató a su madre saltaría y ella acabaría siendo la comida de alguien en vez de conseguir comida para alimentarse. Que tristeza terminar así todo esa aventura; tanto caminar en el desierto para llegar a esto. Paquita seguía en sus cavilaciones sin atreverse a mover, quizás el hambre había hecho que ya sus patas decidieran no seguir moviéndose y pensaba: ¡No..de aquí ya nadie me mueve! Y mientras movía varias veces su cabeza en forma horizontal para negar el hecho vio surgir de pronto dos figuras detrás del matorral que hicieron que de un brinco emprendiera la huida hacia la pequeña iglesia; nadie que la viera corriendo de esa manera podría afirmar que esa burrita tuviera un defecto en su pata trasera.

¡Estoy perdida!, le gritaba varias veces a su amigo en la pared. “Vienen detrás de mí dos animales salvajes que han salido de unos matorrales. Tienen unos dientes enormes, blancos y salvajes; una forma de rugir que nunca he escuchado y brincan como los mas astutos conejos del desierto” Paquita buscaba mientras rebuznaba un lugar donde esconderse antes de que llegaran las fieras, pero su tamaño no le permitía encontrar un buen lugar. No entraba debajo de las pocas bancas que aún quedaban; ni debajo de la sacristía; en el confesionario ni hablar; probaba entrar a la fuerza detrás de las maderas apiñadas pero lo único que logró fue que cayeran estrepitosamente en el suelo levantando una enorme nube de polvo.

Resignada a no poder encontrar donde esconderse se sentó debajo de la imagen del Cristo y esperó acompañada que llegara su hora. No paso mucho tiempo para que en la puerta de la iglesia aparecieran a contraluz dos figuras que proyectaban una sombra larga sobre los adoquines angelicales. Sus pasos eran cortos y sus pisadas lentas, pero no se detenían en su camino hasta la sacristía; con la mirada fija en el animalito que se encontraba sentado y temblando debajo del Cristo en la Cruz llegaron al encuentro de Paquita dos pequeños niños de la región.

Con precaución uno de ellos alargó su mano para acariciar el lomo de la criatura que no dejaba de temblar agazapada con la cabeza entre sus patas. Con suavidad sus dedos recorrían el pelo seco y curtido por el sol de la pequeña burrita que producto de las palabras de ternura que recibía, poco a poco, fue dejando de temblar. Al ver que no había nada que temer, la otra criatura se animó a hacer lo mismo y al cabo de unos minutos los tres, niños y burrita se encontraban brincando en el lugar.

Los niños desde que la vieron sintieron un cariño especial hacia esta burrita que cojeaba al caminar y que mostraba en sus ojos enormes una necesidad de afecto por lo que resolvieron llevarla a su casa, seguros de que sus padres no se opondrían a tener este animalito que podría ayudarlos con el trabajo y a la vez poderles servir de compañía. Haciendo un gesto con la mano, Patricio le hizo señas a la burrita para que lo siguiera y antes de que empezara la retirada, Paquita volteó la cabeza para dirigir su mirada a lo alto de la pared y se sorprendió al ver que ésta se encontraba vacía. En su lugar, había una enorme mancha en forma de cruz que hacía suponer la existencia anterior de algo colgado en ese lugar. Perturbada y preocupada sentía aflicción en su corazón, ella hubiese querido despedirse de su amigo y buscaba por los rincones de la iglesia alguna señal de él, pero sin resultado alguno por lo que al final decidió pensar que había logrado zafarse de sus ataduras.

Es así como Paquita había encontrado en mitad de las montañas, en un lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental del norte de Jalisco y olvidado por el hombre, a sus nuevos dueños. Patricio y Adriana, dos niños nativos de la zona.

Capítulo 4.- La noche del encuentro


La pequeña Paquita, después de haber estado caminando durante bastantes días del caluroso verano, alimentándose con las hojas de los diminutos arbustos que crecen en algunas zonas del desierto o recibiendo pequeñas porciones de algún nutriente por parte de los habitantes de la zona en la que viajaba, y además, emulando la manera en que había visto que Don Pancho sustraía agua de los cactus para poder calmar su sed, seguía con lentitud y a paso desgarbado el curso de la esfera luminosa, que justo cuando ella despertaba aparecía por uno de sus costados produciendo en su pelaje un tenue calorcito que la reanimaba y le daba vitalidad, y que se ocultaba por el otro lado justo cuando el cansancio ya la dominaba y la obligaba a detener su marcha para descansar resguardándose en medio de algún grupo de matorrales.
Esta noche, al ir transcurriendo unos minutos de su reposo, mientras estira sus entumecidas ancas, se detiene a reflexionar con respecto a dónde estaría su papá, lo que estaría haciendo, o si pronto lo volvería a ver, al pensar en todo esto ella intenta contener la aflicción que siente en su alma debido a la separación que sufrieron a manos de los Chichimecas. La noche es fría y presagia tormenta. Lamentando su suerte, Paquita no ha dejado de llorar; sabe que está perdida y abandonada en un lugar que no conoce. De repente, estando recostada y a punto de dormirse, mirando hacia el cielo advierte que una estrella alumbra más que las otras y que su luz le produce una especie de calma y sosiego que no había sentido en noches anteriores. Como si una voz interior le animara a seguir, decide confiar en ella y emprender el camino en la dirección que le señala dicha estrella, y poniéndose en pie de nuevo, reinicia su recorrido. No se puede saber hasta que punto el destino juega parte importante en la vida de los seres vivientes, hay quienes confían más en ello y hay quienes no tanto, y hay quienes ni siquiera creen que exista y piensan que cada quien forja su futuro con cada decisión que se va tomando a diario; pero el hecho es que Paca, sin tener previa idea de todo esto, en alguna parte del camino esta noche se encuentra en un encrucijada que la conduce a tomar a la derecha o seguir en línea recta sin saber que decisión debe seleccionar. El camino se le presenta más cómodo si cruza hacia la derecha, ya que no se divisan tantas piedras y se ve que ha sido recorrido por muchos más animales antes que ella, pero otra vez decide mirar al cielo y la estrella le indica seguir en línea recta.

Esta vez ha podido sentir mucho más fuerte la voz que le dice que ese es su camino, que la anhelada felicidad se encuentra más adelante, pero en realidad ya sus desgastadas fuerzas la hacen dudar de todo. Lo único que está deseando es cobijo, el aire de la noche cada vez se ha puesto más gélido y su pelaje es insuficiente para cubrir su sensible piel. Lo poco que pudo conseguir para comer no le ha proporcionado la suficiente energía, pero su obstinación es grande, y recuerda mucho las palabras de aliento que Don Pancho le dijo que su madre mencionó en su lecho de muerte.
A pesar de su corta edad, ya lleva largo camino andado y quizás, por ser hija de uno de los burros mas taimados que se han criado en hacienda alguna, logra detectar en el viento la tormenta que se avecina y su instinto le ordena que es el momento de buscar refugio. Caminando por entre las laderas, todavía observando la ruta que la estrella le indica, se abre paso entre algunos matorrales y es cuando sucede su encuentro con el destino... Justo en un recodo de la montaña, oculta entre ramas y cactus se ubica una iglesia abandonada. Esta iglesia había pertenecido al encomendado Don Gonzalo Quevedo, caballero de la orden de San Lázaro, dueño de tres mil indios, con acceso a la corte del Virrey y a los mejores salones de México, que durante mas de treinta años había explotado las minas de plata y que había sido abandonada cuando el español después de haber sustraído toda la plata que pudo de las minas se fue dejando en el abandono todo lo demás.
Maltrecha por los golpes de las piedras y el roce con los cardos, la burrita, sin saber realmente dónde ha ido a parar, se trepa por los escalones desiguales del recinto; sus cascos sin herraduras van retumbando sobre las losas y arrancan ecos que se pierden en las profundidades de las naves vacías. Pocos conocen la historia que encierran esas casi desnudas paredes, nadie recuerda los retablos que las cubrían y que se dice eran obra del famoso Juan Correa, el mismo que a finales del siglo XVII realizó las pinturas de la sacristía de la Catedral de México; piadosas figuras que alguna vez inspiraron la devoción de los fieles y exaltaban el trágico camino del Calvario; se dice que aquí habían figuras de santos de escultores famosos y que hasta una imagen del Señor de Santa Rosa, traída de Barcelona, España, se podía ver en su interior. Paca contempla desconcertada algunas figuras que aún pueden verse en dichas paredes, vestigios de murales pintados por artistas renombrados de la época y que a pesar de encontrarse semiocultas por las manchas de lluvia y barro arrojadas por el viento que se cuela por las aberturas de los vitrales aún denotan una gran belleza, como la que se encontraba en la parte superior del altar, una impresionante pintura de Dios Padre en el cielo.
Sin puertas que opongan resistencia, las ráfagas frías del viento traspasan hacía el interior. Buscando refugio, Paquita se va arrimando, poco a poco, a las ruinas del altar mayor tratando de mantener el equilibrio cada vez que sus cascos se resbalan. El fogonazo de un relámpago ilumina por un instante el piso que se mantiene adornado por un mosaico de piedras y cristales abigarrados para crear figuras de rara belleza y que nadie recuerda quien fue el autor de tan magnifica obra pero que algunos lugareños afirman que se trató de un orfebre y escultor, maestro del mosaico muy reconocido en las cortes de Europa que abandonó fama y fortuna para terminar sus días como monje en un convento de Guadalajara.
Ya con el hambre apretándole, olisquea las maderas podridas amontonadas junto a uno de los muros, aunque no despreciaba ni los cardos del desierto, no fue mucho lo que había encontrado para alimentarse en el transcurso de su andar desde que fue abandonada, a duras penas se sigue manteniendo en pie y da gracias al cielo por haberse topado en su camino con aquellos benevolentes animales que le habían ayudado. Alguna vez, esas maderas con las que ella se ha topado y ahora convertidas en despojo pertenecieron al púlpito dorado que algunos fieles presuntuosos atribuían a Brunneschello. Han transcurrido muchos años desde el cierre de la mina y pocos recuerdan ya aquella magnífica obra de arte, transportada a lomo de mula a este perdido rincón del imperio gracias a la generosidad y la riqueza del difunto don Gonzalo.
Un púlpito cubierto anteriormente de ónix y ahora de muchas historias por contar; desde sus alturas célebres oradores hicieron oír sus voces sonoras a los devotos fieles que acudían cada domingo. Paca ha revuelto con el hocico los maderos apolillados en busca de algo para comer. ¡Nada! Con una resignación no muy propia de una burra joven, se vuelve hacia el centro de la nave principal, ajena a los querubines y profetas que pisotea. Glorias pasadas, lujos pasados, miserias pasadas...
Permaneciendo un momento inmóvil; absorta, parece contemplar el rayo de luz que encontró paso a través de una grieta en el techo para posarse sobre las alas doradas de un ángel que sonriente yacía tontamente sobre el piso. Con la escasa luz, también se han despertado los brillos ya casi opacos de los vitrales rotos sobre la cúpula. La sala se iluminó de repente con la majestuosidad de varios colores y de pronto una rara belleza parece cobrar vida en ese olvidado lugar, ella, atónita, mirando lo que sucede, se maravilla con todo ello, jamás había estado en un lugar semejante, bueno, de hecho para ella casi todo lo que ve a cada paso que da es novedad, sea allí o en el desierto, aunque con éste último ya se sentía familiarizada, pero esto es diferente, se siente acompañada por algo o alguien y no logra darse cuenta de quien o que era lo que había en el edificio.
Inquieta ante lo que estaba sucediendo, Paca sacudió la cola, caminando un par de pasos hacia el altar, resbalando, retrocedió bufando. A través del rayo de luz de una luna que aún no había sido cubierta por las nubes de la tormenta que venía, Paca pudo observar que sobre la pared del recinto se encontraba una figura con los brazos extendidos y sus manos y pies sangraban por algo que los sujetaba. En su cabeza, una corona de espinas producía el mismo efecto y la sangre resbalaba hasta sus ojos. Paca sintió mucha tristeza por el ser que ahí se encontraba; ella que había pasado varias penurias en el desierto, se encuentra de pronto consolando una figura que no le respondía. Identificándose con ella, le dijo que no se encontraba sola, que las dos se harían compañía.
Poco a poco el frío que Paquita sentía se fue haciendo menos fuerte; ella le contaba al nuevo conocido las cosas que había pasado desde que nació; de sus aventuras con su padre; de cómo la habían robado y luego abandonado en el desierto hasta llegar al lugar donde ahora ambas, ella y la figura que parecía tomar vida se reunían. Sus ojos no se apartaban de la mirada que le brindaba esta figura en la pared. La continua charla y el cansancio sobre todo, hicieron que lentamente, Paquita fuera cerrando los ojos y acurrucada debajo de la figura del Cristo se ha quedado dormida.

Capítulo 3.- Paca queda huerfana

El sol inclemente de finales de Julio se encontraba en su punto máximo y a toda su intensidad y el fatigado Don Pancho se daba cuenta que la sombra bajo sus pies había desaparecido por completo. Era hora de dar un merecido descanso a sus ya maltratados cascos que habían cruzado los cañones y caminos del desierto que cubre el norte Jalisciense. Largo y sinuoso ha sido el trayecto desde que dejaron la cueva que los había mantenido refugiados durante una larga temporada, y la presencia tan cercana de la manada de lobos hizo que Don Pancho emprendiera el camino a través de la Sierra Madre Occidental.
Paca, la pequeña burrita, ya caminaba mejor a pesar del defecto físico producto del esfuerzo que tuvo que realizar a la hora de su nacimiento. La naturaleza y la difícil circunstancia que rodeó su alumbramiento habían dictaminado que una de sus patitas traseras cojeara haciendo su trote un poco más lento que la de los demás animales de su especie. Don Pancho, como buen papá que era, esperó el tiempo prudencial para que ella le pudiese dar poco a poco fuerzas a sus ancas, tiempo que él utilizó para estudiar el terreno y saber hacia que lugar se dirigirían. A pesar del tiempo transcurrido en estos parajes y de los recorridos que a través de ellos ya había efectuado, el hecho de no ser oriundo de estos rumbos le impidieron tener idea clara de cuál era el mejor camino a seguir, por eso decidió averiguar entre los expertos de la zona.
A los Borregos Cimarrón les gusta mucho explorar las altas cumbres y son especialistas en escalar difíciles peñas y riscos, por eso conocen muy bien la topografía y lugares de la sierra. Para los habitantes del desierto, el Borrego es considerado como el más ilustre de sus conciudadanos debido a la cultura y su manera fina de hablar. Uno de estos ejemplares, elegante personaje quien había tenido roce con varias culturas de la zona y hablaba varios idiomas, sobre todo el de la cultura Náhuatl, fue al que Don Pancho se acercó una noche después de haber terminado sus rutas exploratorias, e hizo contacto con él para averiguar los pormenores del territorio en el que se encontraba y para solicitarle su consejo respecto a la dirección más conveniente a seguir. Ese Cimarrón, fue quien le narró a Don Pancho la existencia de los Huicholes que tiempo después serían trascendentales en su vida:
“Existe un poco más al oeste, enclavados en el espinazo de la Sierra, una variedad de animal que le gusta vivir en grupos grandes. Tienen unas costumbres extrañas pero por lo que he podido observar aman a la naturaleza. Tienen una forma de bailar y vestirse que provoca risa, sobre todo los machos que usan muchos adornos en sus vestiduras. Las hembras son más sencillas y se encargan de ponerle todos los accesorios a su pareja. Muchas veces me he acercado hasta sus manadas y me han tratado con mucho respeto. Al estar en contacto con su hábitat pude observar que sobre sus vestiduras dibujan animales como serpientes, venados, águilas, etc. y que para rendirle tributo a su Dios que está en el cielo, pintan su rostro y engalanan sus cuerpos con adornos de un brillo muy especial.”
Don Pancho se dio cuenta de inmediato que el señor Borrego le estaba describiendo a los seres humanos y comprendió que aquel caballero a pesar de su alta educación, al haber tenido una vida no tan apegada a los humanos como él la había tenido, no sabía diferenciar a los hombres de los animales. No quiso aparentar ser más inteligente que el amable cimarrón ni hacerlo quedar como ignorante, así que se limitó a darle las gracias por lo que le había contado y se dirigió a su cueva a descansar. Ahora Don Pancho tenía renovadas esperanzas, el día siguiente se presentaba lleno de promesas, pero primero debía realizar una tarea que le causaba mucha tristeza.
A la mañana siguiente, muy temprano, con un ramo de flores en el hocico, se dirigió a un lugar en donde se podía observar que la tierra había sido removida no hacía mucho tiempo. Sobre el punto se encontraban muchas flores, algunas nuevas, otras marchitas, y habían también piedras de colores que iban depositando los animales que reconocían lo que tal lugar contenía, y lo hacían cada vez que pasaban en las cercanías de ese sitio. Don Pancho se sentó sobre sus patas traseras y mirando en dirección del montículo dijo: “No quisiera abandonarte, amada mía, sabes que mi vida has sido tú y que hubiera querido morir a tu lado, pero nuestra Paca es pequeña todavía, necesita una oportunidad y aquí está en peligro. Debo partir, creo que por fin he encontrado el lugar donde nuestra hija puede crecer feliz. Yo ya no soy joven, me siento un poco cansado, algún día no muy lejano he de partir a tu lado y debo cumplir esta última tarea. Sé que los animales de la región te mantendrán contenta con sus regalos y que tú desde donde estés nos vas a estar mirando y protegiendo. Te prometo conducir sana y salva a nuestra hija hasta ese lugar del cual me ha platicado un culto morador de esta tierra en la que juntos, tu y yo, pudimos hallar nuestra soñada libertad.”
Con lágrimas en los ojos, acomodando solemnemente el lindo ramillete sobre la tierra que cubría el especial paraje, y con la promesa de que algún día estarían de nuevo juntos, Don Pancho abandonó a paso lento la tumba de su Shaka y partió en busca de Paquita para emprender el camino a través del desierto hacia aquel lugar prometido que le había narrado el Borrego sabio.
Todas estas vivencias venían en forma de recuerdos a la mente de Pancho mientras descansaba y veía a su hija recorrer el lugar como si sus energías no se agotaran. Como todos los niños de escasa edad, Paquita le preguntaba a su papá cuanto faltaba para llegar a aquel lugar al que se dirigían, y este con paciencia respondía lo habitual: “falta poco”, aunque en realidad él no sabía si había tomado el camino correcto o si su dirección había cambiado de sentido en algún punto. Él no era como el Borrego, no sabía de orientación, ni conocía la zona, solo su instinto le había guiado y a estas alturas ya ni en ello confiaba plenamente. El sol era severo y Don Pancho tenía miedo de haber llegado a algún lugar en donde corrieran el riesgo de morir de sed y hambre.
Ya su vista, en la cual también había tenido plena confianza en otras ocasiones, le estaba jugando bromas pesadas, varias veces durante esta parte de la travesía había visto surgir agua en el camino y al llegar a ella solo encontraba la seca y caliente arena del desierto, estos incidentes los intentaba disimular en la presencia de Paquita, pero en sus adentros ya sentía un poco de desesperación y se decía... “Sé fuerte, no le demuestres a la bebé lo que realmente sientes, avanza, avanza, ya no debe estar lejos el lugar que te platicaron, presiento que ya falta poco, no te desanimes ahora, hazlo por ella y por Shaka...”
Pero lo mismo le estaba sucediendo ahora, cree estar alucinando, ya que ha visto acercarse una figura que parece haber surgido detrás de una colina. Paca, emocionada, jalándole las orejas le ha dicho que se levante, pero el pobre Burro no puede atender sus llamados, está cansado, sus patas extenuadas yacen sobre la arena caliente, solo sus ojos con un aire de tristeza se mantienen clavados en su espejismo. Es una cara risueña, de tez quemada y ojos saltones que lo miran como haciéndole un análisis médico. El hombre raro tocando su frente, lo examina, y clavando algo en sus patas provoca que Don Pancho pegue un brinco y se ponga en pie dándose cuenta que su espejismo es real y que Paca, ya repuesta del cansancio, hace rato que bebe algo de la mano de otro de los hombres, el de más baja estatura, mientras da brinquitos a su alrededor con su característico salto, en actitud juguetona y de agradecimiento al ritmo de unas campanitas que él hace sonar. Ambas personas hablan en un lenguaje que Don Pancho no puede entender, esos hombres son muy diferentes en su aspecto y comportamiento a los que él había conocido anteriormente. Por la manera de vestirse él se ha podido dar cuenta que se parecen a los que había descrito el Borrego, y mirando al cielo, como buscando los ojos de su Shaka, esbozando una leve sonrisa exterior pero profundamente feliz en su interior, agradece el haber podido encontrar a estos integrantes de la tribu que estaba buscando.
Los indios Huicholes con los que Paquita y Don Pancho se encontraron esta tarde son comerciantes y se encargaban de llevar los utensilios que fabricaba su tribu hacia las otras tribus vecinas para así lograr el intercambio de cosas que necesitaban, como comida, pieles y otros artículos más de básica necesidad. Tanto el alto como el más bajo de los dos hombres vestían con un calzón largo de manta tejido en punto de cruz y una camisa larga abierta en la cintura amarrada con una faja o juayame. Llevaban una especie de pañoleta anudada al cuello que caía sobre su espalda y como toque particular un sombrero hecho de palma adornado con chaquiras y plumas que les protegía la cara del sol. Uno de ellos colocó por un momento uno de sus sombreros sobre la cabeza de Paquita y ella muy coqueta desfilaba ante sus ojos.
Sus carretas estaban llenas de artesanías como vasijas de barro cocido decoradas con detalles de varios colores, vestidos y cobijas de fibras de maguey y algodón, así como collares, brazaletes y todo tipo de adornos elaborados en plata. Esta mercancía que en su tribu era elaborada por las diestras manos de sus pobladores, habilidosos en el arte de la costura, el grabado pictórico, la alfarería, el tallado de piedras y el moldeo del metal, les servía para el trueque por harina, sal y carnes secas, ya que donde vivían la tierra no era muy productiva y la ganadería muy escasa.
Los indios Huicholes, al igual que casi todos los pueblos indígenas, se distinguían por su gran resistencia física, y cada mes recorrían un largo trayecto que comprendía decenas de kilómetros, desde las tierras de Guanajuato, Jalisco y Zacatecas hasta llegar a San Luis de Potosí, más exactamente hasta La Real de Catorce, en donde terminaban su travesía y regresaban al punto de partida trayendo consigo todo lo necesario para su pueblo, ellos sabían que en esa población sus mercaderías si eran apreciadas en su justo valor debido al conocimiento que allí se tenía de todo lo relacionado a la elaboración de productos artesanales, además de que la región aún conservaba gran parte de su apogeo basado principalmente en la abundancia del metal que ellos tanto apreciaban y del cual habían oído mencionar que dicha zona era la más rica de todo el mundo. Este recorrido lo habían hecho desde hace siglos aprovechando el camino que los conquistadores españoles habían trazado para la explotación de las ricas minas y que ahora se conocía como El Real Camino de La Plata.
Esta noche, a la hora de descansar, los viajeros decidieron recostarse y beber un extracto natural que los hacía entrar en trance para así curar los malestares producidos durante el viaje. Ellos aseguraban que de este jugo extraído de un cactus llamado peyote lograban encontrar las fuerzas del equilibrio que requerían para vencer sus miedos, quitar los malos pensamientos de los corazones y unirlos. Bebían tan placidamente, entregados al reposo, despreocupados, absortos en la limpieza y regeneración de sus mentes y cuerpos que no se percataron del peligro que acechaba a su alrededor.
Ocultos detrás de una colina se encontraban tres indios de la aguerrida tribu Chihimeca, muy conocidos y temidos por su rebeldía y por haber huido hacia las sierras para evitar la esclavitud por parte de los españoles, Esta tribu se estableció en esta zona inhóspita, quedando rezagados en varios lugares y aunque la mayoría ya había logrado adaptarse a los cambios, algunos aún hoy en día pretendían mostrar su falta de adaptación con el medio.
Aprovechando el estado de relajación en el que estaban inmersos los indios Huicholes, los tres Chichimecas se pudieron escabullir entre el asentamiento nocturno que aquellos levantaron y aprovechando la oscuridad y el hecho de que ya dormían profundamente se lograron apoderar de la carga y de todo lo que pudieron llevarse, incluyendo los animales, para así dejar a los Huicholes sin capacidad de poder perseguirlos y a merced del desierto. No bien habían logrado andar unos pocos kilómetros cuando uno de ellos se percató que la burrita, Paquita, no podía caminar tan rápido como esperaban y le advirtió al grupo que esto les traería problemas para huir con el botín, esto ocasionó que los indios, sin muchos miramientos, tomasen por decisión abandonarla a su suerte en mitad de la Sierra Madre.
Los rebuznos sollozantes de Paquita se escuchaban fuertemente por el desierto, pidiendo que no la separasen de su padre, atemorizada, suplicaba entre llantos.... “Papi, no me dejes, tengo miedo, me siento sola y no puedo correr igual que tú, me duele mi patita, papi no te vayas...”; Don Pancho, valeroso y tratando de volver con ella, se negaba a seguir caminando, decidido a no abandonar a Paquita y dispuesto a soportar azotes con tal de que también a él lo dejaran en el camino para de nuevo reunirse con ella y los Huicholes, se echó sobre la arena y se resistía a los jaloneos del indio que lo conducía, pero ante su renuencia lo amarraron y entre dos de ellos lo arrastraron. El trote rápido de los indios logró que poco a poco se dejaran de escuchar los llantos de la pequeña Paca y durante el resto del camino Don Pancho, vencido y sufriendo en su corazón, miraba al cielo pidiendo perdón a una de sus estrellas, la más brillante, por no haber podido mantener su promesa.
Paca, desorientada y temerosa, se quedó mirando por largo rato hacia el horizonte con la leve esperanza de ver aparecer la figura de su padre, ahora se encontraba sola y no sabía que rumbo seguir. Trataba de recordar lo que él le había explicado mientras recorrían el desierto. Muchas veces lo había escuchado decir que para salir de ese lugar deberían seguir la bola amarilla que se encontraba en lo alto del cielo y que brillaba intensamente durante su recorrido desde donde aparecía por las mañanas hasta el lugar donde se ocultaba por las tardes, le decía que él presentía que ahí donde se iba a esconder tendría que haber algo muy importante; recordando todo esto Paquita se quedó dormida, pero muy tempranito, apenas despuntado el alba, tras reconocer lo que creyó que entre sueños se le había presentado como imágenes sin sentido, ha emprendido nuevamente la marcha, ahora tras la enorme esfera que viaja como su guía sobre el cielo.

9.11.07

Pelea de Ranas.. (No hay que ser maldoso)



"Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien..."
Victor Hugo